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Impaciencia justificada

19 Mayo 2017

En el tiempo que llevan las investigaciones sobre los sobornos y amañamientos de licitaciones pagados por Odebrecht, las autoridades dominicanas no han dado un paso que inspire la creencia de que habrá pago de consecuencias acordes con el tamaño del pecado. Si la firma brasileña mudó para este país su fábrica de corrupción, es porque tenía garantía de impunidad derivada de las debilidades de nuestro sistema judicial, y eso más que justifica la desconfianza y la impaciencia de la sociedad ante la aparente inacción.

A pesar de que el Ministerio Público ha gastado mucho tiempo en interrogatorios, no ha tomado ninguna medida que dé a entender que haya razones para activar el ejercicio penal. Todo parece supeditado a los documentos remitidos al país por la justicia brasileña, y que contienen gran parte de la investigación hecha allá, donde sí se ha motorizado la acción penal. Hasta ahora hemos estado callando todos los detalles de los delitos cometidos aquí, que son muchos y graves.

La sociedad necesita y tiene derecho de saber toda la verdad, y su impaciencia más que se justifica porque en este país el manto de la impunidad ha encubierto tantas barbaridades, que una más no sería nada extraño. Pero bien, ya están aquí los esperados papeles de Brasil y quisiéramos poder confiar en que no nos están anestesiando otra vez.

La deuda: el mal ya está hecho

Es probable que el país se esté desempeñando dentro de un rango aceptable de capacidad de pago de la deuda externa, pero eso no nos libera de problemas. Tenemos un 25% de débito concertado a tasa fija, pero para un país que tiene que completar el presupuesto con endeudamiento, el pago de servicios y capital de esa porción restringe la capacidad de maniobra del Gobierno. El otro factor de riesgo es la alta proporción de deuda concertada a tasa variable susceptible de fluctuar por cualquier contingencia local o del entorno.

Realmente, los niveles de nuestra deuda son, de por sí, factores de riesgo, pues el Estado no está generando recursos suficientes como para pagar capital y servicios y a la vez mantener niveles adecuados de inversión pública. La hipoteca de ayer y de hoy es un lastre para el desarrollo del porvenir.

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