El Estado dominicano debe sentirse compelido a regularizar sus relaciones y pagos con proveedores, contratistas-constructores, centros públicos de salud y de autogestión y otras entidades descentralizadas o autónomas que brindan excelentes servicios a la sociedad. Lo lógico es que la llegada demasiado tardía del dinero genere un desastroso efecto dominó: ¡Todos al agua! Esto da pie a cadenas de impagos que pueden deteriorar servicios y bienes contratados para destinarlos al pueblo. La alimentación escolar caería en precariedades por provenir de mini-entidades sumidas en crisis por la mora. Se empeoran hospitales con peligros para la salud y la vida de pacientes y suben los costos de obras en pago tardío, en desprecio al sacrificio de los contribuyentes que sostienen el Presupuesto. Los engranajes de corrupción se activan por la desesperación de acreedores dispuestos a dejarse “morder” para que les paguen.

Tras muchos años de inexplicable desdén para enfrentar los factores que estaban causando la degradación del río Yaque del Norte, por culpa de la contaminación de sus aguas, por fin el Gobierno ha decidido ir en su rescate.

Hemos visto que el gobierno, a través del Instituto Nacional de la Vivienda (INVI) y el Plan Social de la Presidencia acudirá en auxilio de la familia que improvisó una “vivienda” sobre un árbol de javilla en la comunidad de Puñal Abierto de Santiago. Fue el “refugio” que encontró después que la crecida de un arroyo se llevó la rancheta donde habitaban.

No podemos conformarnos con que los países tienen los mismos problemas que nosotros, aunque unos menos y otros más, para pensar que las cosas están bien en la República Dominicana. Pensarlo sería un consuelo de tontos y no hacer nada aún peor.

El presidente Danilo Medina ha anunciado en Davos la reanudación del diálogo que sostienen el gobierno y la oposición venezolanos.

Entre la libre y respetuosa competencia entre dirigentes y aspirantes a posiciones al interior de los partidos políticos, y los enconados comportamientos discordantes, existe una frontera fácil de traspasar. De lo sublime a lo ridículo, como se dice de ordinario. La unanimidad de criterios no es imprescindible en el juego democrático; pero cuando las organizaciones partidarias llevan a extremos sus diferencias internas sin una mínima aceptación para la coexistencia, el ejercicio político queda empañado ante los ojos de los ciudadanos sin militancia que son los más, como es evidente. En las encuestas se refleja una inconformidad con aspiración al adecentamiento en ese ámbito. Que las entidades partidarias aglutinen a sus seguidores en forma disciplinada y que enriquezcan el debate sin combatirse exacerbadamente.

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