La República Dominicana ha establecido formalmente relaciones con la República Popular China. Con ello da por terminadas las relaciones que ha mantenido por años con Taiwán, a quien reconoce como parte inalienable del territorio chino.

La humanidad ha sobrevivido gracias al trabajo, es decir a la producción de bienes y servicios para el consumo humano.

La alimentación deficiente que en República Dominicana afecta a cerca de un millón de habitantes, según acreditado estudio respaldado por la ONU, reafirma la angustia de muchas familias sometidas a la pobreza del salario, que aquí incluye uno de los ocho ingresos mínimos más bajos de Latinoamérica. Más de un 50% de la economía nacional corresponde a la informalidad generadora de subempleos y de marginación de beneficios sociales propios del sector formal más productivo y que está en minoría. Es lo mismo que decir que la mayoría de las personas económicamente activas está atada a ocupaciones de bajo rendimiento para “subvivir”. Predominan los niveles educativos inferiores y la falta de calificación para oficios bien remunerados.

La política vernácula se encuentra en un momento difuso, y no resulta sencillo entenderlo, y menos aún hacer previsiones confiables. Se percibe una suerte de reconfiguración del panorama.

En la medida en que las condiciones de vida se han deteriorado en las provincias fronterizas, causando la estampida de muchos de sus habitantes hacia otras zonas del país, una sistemática y silente masa de haitianos ilegales se ha ido apoderando de los espacios vacíos.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) nos ha estado recomendando una ampliación de la base tributaria, así como cambios ambiciosos en el sistema eléctrico nacional. Digamos que ambos temas figuran entre las cosas que debemos hacer realidad en la Estrategia Nacional de Desarrollo.

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