No hay ninguna evidencia que permita afirmar que Estados Unidos y Europa estén recibiendo menos drogas ilícitas procedentes de Suramérica.

Los dominicanos que se fastidian con los actos desaprensivos de los haitianos que residen ilegalmente en el país, culpan al gobierno de indiferencia, de permitir lo último: la ocupación pacífica del territorio. Solo que el gobierno no se entera, considera que ese problema fue resuelto con la regularización y que le conviene mantenerse distante de la histeria. La de un lado y la del otro.

Ahora bien.

Que no se involucre en el debate de la calle, se entiende, pero no que sea ajeno a situaciones que se originan en parques y que podrían afectar el orden interior.

La gobernabilidad puede tener muchas piernas, e ir de la ceca a la Meca, pero una sola cabeza. En su caso no cabe lo de cada cabeza es un mundo, pues una sola cabeza y un solo mundo.

¿Los haitianos que ocuparon la Puerta del Conde, lo hicieron atentos a ellos o se les concedió el llamado permiso? La presencia de agentes lleva a pensar que sí.

Palante, que acelere y no frene, pero que después no se queje. Cualquier día –en ese lugar y la misma gente– proclama que la isla es una e indivisible y se arma la de Ruanda.

Nada gusta más al fuego que acercarse a la gasolina.

A las cárceles dominicanas no les caben ya más presos, y sin que parezca una hipérbole puede decirse que están a punto de explotar en materia de sobrepoblación.

El número actual de presos es tres veces mayor de la capacidad de espacio que tienen las 41 cárceles, lo que ha creado un peligroso estado de hacinamiento humano en ellas.

Es fácil imaginar lo que sucede en un espacio sobrepoblado, lleno de hombres y mujeres que han cometido todo tipo de delitos en el país y que deben coexistir en condiciones mínimas de salubridad espiando las penas por sus desafueros.

Este estado de cosas ha sido agravado, más que nada, por la existencia de 27,000 presos, de los que el 70 por ciento todavía no han sido llevados a juicio de fondo ni condenados.

Quiere decir que en la masa abigarrada de personas privadas de la libertad hay culpables confesos e imputados inocentes hasta que se les pruebe fehacientemente en qué delinquieron.

Las broncas y los motines se hacen recurrentes en unos ambientes como esos, mientras las prácticas más aberrantes de las adicciones, especialmente de drogas, se generalizan entre ellos de la misma manera que las enfermedades y las epidemias que de tiempo en tiempo azotan el país.

Urge que el gobierno vaya pensando en cómo descongestionar las cárceles, sea mediante algún mecanismo que permita variar su encierro en esos recintos por uno domiciliario, pero bajo estricta supervisión por vía de dispositivos electrónicos de geolocalización.

Los mismos que hemos sugerido implantar a los hombres que amenazan o ejercen violencia contra sus parejas o exparejas, es decir, los grilletes de localización que los obligarían a respetar las órdenes de alejamiento de las mujeres amenazadas, porque serían detectados al instante si pretendieran violarlas.

Este mecanismo podría contemplarse con los presos preventivos que pudieren ser despachados para cumplir prisión domiciliaria en lo que los tribunales emiten sus sentencias definitivas por los casos en los que están acusados.

Pero alguna solución debe buscarse, sin pérdida de tiempo, para prevenir que una sobresaturación de presos provoque el colapso social y humanitario, como parece verse en el horizonte de muy corto plazo.

Noviembre es el mes de la familia. La iglesia Católica lo recordó el domingo con concurridas manifestaciones, y en ellas, compartiendo algunas reflexiones sobre la importancia de esa institución como base para el desarrollo de una sociedad sana.Aunque sufrimos los dramas de familias en situaciones difíciles, los dominicanos son conscientes de cómo esa entidad prevalece como núcleo básico, aun cuando sus miembros ya adultos toman diferentes rumbos, incluso en la lejanía de otras latitudes, en búsqueda de oportunidades.

Nuestra tasa de mortalidad por accidentes de tránsito es la segunda más alta en el mundo. Eso nos sindica como país de violadores incorregibles de las reglas de conducción y por demás irrespetuosos de la seguridad propia y ajena. De ahí que nos vendrá muy bien la campaña de orientación iniciada por el INTRANT para motivar a conductores y transeúntes a ser respetuosos de las leyes de tránsito, a adoptar formas más moderadas y previsoras de conducción manteniendo al día la documentación necesaria.

Los dicadores sobre la marcha de la industria turística dominicana son satisfactorios. Un renglón que tiende a llenar expectativas, constituyéndose en gran pilar de la economía. Las metas de expansión están definidas. Solo podría preocupar que alcanzada la importancia, el país le quede corto a la pujanza del turismo en cuanto a infraestructuras que constantemente son puestas a prueba por el crecimiento que cada vez más demanda leyes en armonía con la realidad; que requiere políticas integrales más efectivas y condiciones sociales y ambientales más favorables que rodeen de claras reglas la gestión turística y de hospitalidad al visitante.

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