Ya vimos cómo el huracán María destrozó infraestructuras viales por más de 3 mil millones de pesos, daños no totalmente cuantificados en la agricultura y otros servicios como acueductos, escuelas, viviendas particulares, etcétera. El Estado puede asumir la reparación de los puentes, carreteras, escuelas y otros establecimientos. Pero las personas confrontarán dificultades para reparar bienes afectados o perdidos.

El Presidente de la República ha palpado in situ la magnitud de los daños humanos y materiales agravados por María, porque debemos recordar que ya antes Irma se había encargado de afectarnos. Y la revisión de la calamidad ha dado lugar a la iniciativa de tomar medidas para prevenir los desbordamientos en los puntos más críticos de nuestros ríos, donde es mayor el daño humano. Es una decisión que aplaudimos porque hemos sido promotores de la idea de prevenir antes que tener que remediar.

Cada vez que conocemos más detalles de los daños causados por los huracanes Irma y María hay que llegar a la conclusión de que en la labor de reconstrucción del país debemos ser intensos.

Los grandes cataclismos suelen dejar una sensación de desánimo colectivo ante la ingente tarea de recuperar al país de los daños y si a eso se agrega que solo un actor participa de los arreglos, el Estado, la gente se retrae de contribuir, lo que baja todavía más el espíritu de todos.

Durante muchos años la República Dominicana sustentó su desarrollo en lo que se denominaba como “la economía del postre”, en la que rubros como el azúcar, el café y el cacao representaban los grandes pilares para producir divisas.

Por más que sepamos, con sufi ciente antelación, las previsibles áreas de impacto de una tormenta o un ciclón y de las necesidades básicas que tienen que ser cubiertas para proteger a la ciudadanía, las fallas siempre afl oran en el momento crítico.

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