Henry Mejía Oviedo: Un lector llamado Fidel Castro

07 Octubre 2017

No asombra a nadie la afirmación de que detrás de todo hombre o mujer verdaderamente cultos se esconde un lector voraz. La transmisión del conocimiento humano dio un salto espectacular con la aparición de la imprenta de tipos móviles, puesta en funcionamiento por Johannes Gutemberg, en 1440. La reproducción literaria, antes confinada a los manuscritos y el copiado en conventos y abadías, se expandió llegando hasta los más recónditos parajes de Europa y luego, de América, Asia y África. En  el siglo XVIII ya circulaban en el viejo continente más de un millón de libros.

 
Su devoción por la palabra. Su poder de seducción. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Paciencia invencible, disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistosÖ Requiere el auxilio de una información incesante, bien masticada y digeridaÖ Desayuna con no menos de 200 páginas de noticias del mundo enteroÖ Otra fuente de vital información son los libros. Nadie se explica cómo le alcanza el tiempo ni de qué método se sirve para leer tanto y con tanta rapidez. Muchas veces se ha llevado un libro en la madrugada y en la mañana siguiente lo comentaÖ Es lector habitual de temas económicos e históricos. Es un buen lector de literatura y la sigue con atención. En los 22 meses que estuvo preso en Isla de Pinos, tras el asalto al cuartel Moncada, y a pesar de estarle restringido el acceso a los libros, se las ingenió para leer, entre otras obras, La feria de las vanidades, de William Thackeray, y  El Capital, de Carlos Marx;  Nido de hidalgos, de Iván Turguenev y  Biografía de Napoleón, el Pequeño, de Stephan Zweig, cuatro tomos de las obras completas de Zigmund Freud, y de Fiodor Dostoievski, Los hermanos Karamasov, Humillados y ofendidos, Crimen y castigo y  El idiota.
 
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