Después de muertos todos son buenos: la hipocresía nacional del reconocimiento tardío

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RESUMEN
En este país tenemos una costumbre tan vieja como vergonzosa: matar en vida y glorificar en el ataúd.
Aquí nadie es “el mejor”, nadie es “genio”, nadie es “imprescindible”, mientras respira, lucha, trabaja, produce y aporta. Pero basta con que cierre los ojos para siempre para que aparezcan las coronas, los discursos, las lágrimas falsas, los homenajes, los doctorados honoris causa y las frases grandilocuentes.
Después de muerto, todos eran extraordinarios.
Vivimos en una sociedad que castiga el talento vivo y celebra el talento cadáver.
Tú puedes ser el más brillante, el más preparado, el más creativo, el más productivo, el más estudioso, el más innovador. Puedes ser un genio real. Pero mientras estés de pie, la envidia te perseguirá, la mediocridad te atacará y la incompetencia te tratará como amenaza.
Eso es una ley no escrita de nuestra cultura.
Aquí no se reconoce al que sobresale: se le sabotea.
No se aplaude al que destaca: se le desacredita.
No se impulsa al que sabe: se le minimiza.
Y cuando muere… entonces sí.
Entonces “era un grande”.
Entonces “era un maestro”.
Entonces “era un orgullo nacional”.
Hipocresía pura.
Aprendí hace tiempo que al único que hay que tratar de agradar es a Dios. Porque al ser humano jamás lo vas a impresionar, aunque entregues el alma, aunque lo des todo, aunque vivas con rectitud y coherencia.
El ser humano no mide por esencia, mide por conveniencia.
No evalúa por mérito, evalúa por interés.
No reconoce por justicia, reconoce por moda.
Creo firmemente que el Partido Revolucionario Moderno (PRM) tuvo dentro de sus filas al “Einstein” de la minería y la energía dominicana. Un cerebro privilegiado. Un técnico de alto nivel. Un súper dotado. Pero, como ocurre siempre, muchos solo empezaron a reconocer su dimensión después de muerto.
¿Dónde estaban los homenajes en vida?
¿Dónde estaban los respaldos públicos?
¿Dónde estaban los reconocimientos oficiales?
No estaban. Porque aquí el éxito ajeno molesta.
Lo mismo pasó con Rubby Pérez: después de muerto, “el mejor merenguero”, “la mejor voz”, “el más grande”.
Lo mismo con Yoskar Sarante: después de muerto, “el mejor bachatero”, “una voz irrepetible”.
Mientras vivían, muchos de esos elogios brillaban por su ausencia.
Mientras vivían, no eran prioridad.
Mientras vivían, no eran consenso.
Después de muertos, ya no compiten.
Después de muertos, ya no incomodan.
Después de muertos, ya no hacen sombra.
Por eso los aman.
Esta sociedad tiene que mirarse al espejo.
Tenemos que aprender a reconocer en vida.
A honrar en vida.
A respetar en vida.
A valorar en vida.
Porque los aplausos frente a un ataúd no salvan conciencias.
Las coronas no compensan desprecios.
Los discursos póstumos no borran las injusticias.
El verdadero homenaje se hace cuando la persona puede escucharlo.
El verdadero reconocimiento se da cuando el homenajeado está vivo.
Todo lo demás es teatro.
Todo lo demás es pose.
Todo lo demás es hipocresía.
Después de muertos, todos son buenos.
Mientras viven… que se jodan.
Y esa es una de las grandes miserias morales de nuestra sociedad.
Fuente: Periodico Sin Cortapisa.






