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La Guaira: Cuando el mundo empieza a mirar hacia otro lado


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Más de cinco mil personas han sido ya declaradas fallecidas por las autoridades venezolanas

Diez minutos. Eso fue lo que separó a Darío Pérez de la muerte.
Aquella tarde del 24 de junio, poco antes de las seis, había salido a buscar algo de comer cuando la tierra comenzó a sacudirse. Nunca imaginó que esos pocos minutos fuera del edificio le salvarían la vida. Cuando regresó, el lugar donde vivía en el quinto piso era una montaña de concreto.

Pérez es piloto, nació en La Guaira y hoy es director de Operaciones de Rutaca Airlines, la aerolínea que puso una de sus aeronaves al servicio del Gobierno dominicano para transportar ayuda humanitaria y facilitar el regreso del Equipo Médico de Emergencia (EMT) que durante quince días trabajó en Venezuela.

Durante el vuelo nos dice que Rutaca perdió dieciséis trabajadores. Cuatro eran pilotos. De La Guaira.

También sobrevivió a la tragedia de Vargas de 1999. Pensó que nunca volvería a presenciar una devastación semejante pero se equivocó. “Esto fue diez veces peor” dice, mientras mira por la ventanilla y nos muestra decenas de edificios colapsados.

Eran las diez y media de la mañana del sábado 18 de julio cuando aterrizamos en Venezuela en un vuelo coordinado por el Ministerio de Salud Pública de República Dominicana. En la bodega viajaban 21 mil vacunas y cerca de cuatro mil libras de ayuda humanitaria, especialmente destinada a niños. En este mismo avión, también regresarían ese día más de 30 médicos y enfermeras de la misión Quisqueya Solidaria.

Llegamos por el principal aeropuerto del país: el Internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Desde la ventanilla se advierten todavía las heridas del terremoto: techos colapsados en el terminal nacional, daños en el puesto de bomberos y personal limitado.

Es claro que el desafío de poner nuevamente en funcionamiento a Maiquetía va más allá de reparar infraestructura. Cientos de trabajadores del aeropuerto vivían en La Guaira. Algunos perdieron sus casas. Otros perdieron familiares. Y varios nunca volverán a ocupar sus puestos de trabajo.

En “Maiquetia” las autoridades venezolanas solo autorizan operaciones humanitarias y vuelos especialmente coordinados. Mientras continúan las reparaciones, las aerolíneas comerciales siguen operando desde terminales alternas como Valencia y Barcelona.

A diez minutos en carro, el estadio César Nieves dejó de ser un espacio para el béisbol.
Hoy es un refugio.

El sol peleaba con unas nubes grises por dominar el cielo del litoral venezolano.

Una señora pelaba ajos sin cesar. Niños correteaban entre las carpas con la inocencia, la algarabía y la tristeza enlazadas. Los charcos de una lluvia reciente habían convertido el suelo en un fango espeso.

Alrededor, los edificios parecían hablar por sí solos. Hacia el norte (o el center field) “los turquitos” o Urbanización Hugo Chávez. Del otro lado, las icónicas torres de la Páez, construidas en 1955 por Pérez Jiménez.

—¿Y la otra torre? Pregunté. “Ya no está”, me dijeron.

Fue entonces cuando volvió a mi cabeza una frase que había escuchado apenas unos minutos antes.
—Nadie sale igual de aquí.

Me la había dicho, entre lágrimas, una pediatra del grupo enviado por República Dominicana a La Guaira. Acababa de despedirse de una pequeña paciente.

La abrazaba con ternura. La abrazaba como negándose a soltarla. ¿La dejaba atrás? Le repetía que no, que seguirían en contacto.

Exhalaba corto y rápido para no romperse. “Nadie sale de aquí igual”, me dijo.

La doctora, que como yo hoy tiene doble nacionalidad —venezolana y dominicana—, me lo dijo una vez. Yo seguí caminando y terminé escuchándola muchas veces más.

La mayoría de las familias llegó buscando un espacio alejado de los edificios que todavía podían terminar de colapsar.
Morelis Ugueto, jubilada del aeropuerto, está al frente de su tienda de campaña, donada por el gobierno de China. Tiene una mesa, una silla y un colchón. Sentada, pela ajos incesantemente. Le pregunto si va a cocinar. Mientras el ambiente se llena de moscas, me dice que no, que hace un rato preparó un poco de pescado, pero que pelar decenas de ajos la distrae.

Le pregunto por su hogar y me cuenta cómo vio caer aquel edificio frente a ella. Su casa se fue de lado. Hace poco le colocaron una etiqueta roja y es posible que no pueda volver. Sus hijos están vivos y, mientras conversamos, ayudan a vecinos a recuperar cuerpos atrapados bajo los escombros, a apenas unos metros de aquí.

Dice que ayer llegaron a censarlos y les tomaron las huellas dactilares. Ella les respondió que no quiere irse de La Guaira, que está dispuesta a tumbar su casa y volverla a construir.

“Esto fue horrible”, suspira. “Cristo nos fortalece y bueno… pensar en volver a lo que llaman la normalidad. Cuando empiecen a preguntar por la gente y decir que ya no están… generaciones que crecimos juntos se fueron. Muchos niños. Vi sacar familias completas, personas que sacaron en dos pedazos. Horrible. Yo me pongo a pensar: si hubiese sido directamente un hijo, no sé dónde estaría.”

Viendo al autobús de los dominicanos partir y aún tarareando aquel “Volveré” de Rubby Pérez que los venezolanos le cantaron a los galenos a su salida, le pregunté a la señora Morelis por los criollos y no reparó en decir “Ellos han sido excelentes, maravillosos, hasta el final. Mucho respaldo de ellos, mucho apoyo. Yo creo que lo que falta es que las mismas personas que estamos aquí colaboremos y nos organicemos porque, por ejemplo, ahora tengo necesidad de un tanque de agua. No he podido lavar mi ropa y necesito rescatar mi dignidad.”

Los bomberos y las tareas de rescate
Ya no están buscando personas con vida.

Se nota en la forma en que retiran los escombros. En sectores como Tanaguarena, donde colapsaron varios edificios de las llamadas OPP, dos grúas telescópicas levantan enormes placas de concreto mientras una decena de personas observa con atención y alerta si aparece algún cuerpo. Los familiares que todavía no han encontrado a sus seres queridos instalaron tiendas de campaña improvisadas sobre las mismas montañas de escombros para permanecer cerca de las labores de desescombro.

Los bomberos y rescatistas venezolanos dicen que están trabajando con las uñas, con equipos prestados y con la rabia de ver cómo sus instituciones fueron perdiendo recursos durante años. Aceptan conversar conmigo con una sola condición: que no revele sus nombres.

Quieren que se cuente lo que están viviendo.

Se sienten abandonados. Algunos también tienen familiares entre los escombros. Otros perdieron sus propias viviendas y, aun así, siguen trabajando.

Son profesionales formados en administración de emergencias y cuentan que han participado en ejercicios y operaciones en países como Haití y Chile. Aseguran que nunca habían visto una devastación de esta magnitud. “En Haití las edificaciones eran sencillas, de uno o dos pisos. Aquí uno ve edificios de doce o trece pisos que cayeron uno sobre otro. Cuesta entender.” nos dicen con la mirada clavada en los escombros.

Al mismo tiempo, hablan con agradecimiento de la solidaridad. “La comida aquí no ha faltado, pero porque la misma gente llega y la trae. Eso ha sido perfecto porque nos la traen hasta aquí mismo y uno tiene días trabajando sin parar. Por ejemplo, vinieron unos médicos del Domingo Luciani a vacunarnos directamente aquí, donde estamos trabajando. Así es que se debe hacer. Esto es como una guerra. No es que nosotros vayamos lejos de aquí; es que la ayuda tiene que llegar hasta donde estamos para poder ayudar de verdad.”

A pocos metros de ese lugar hay otra escena.

En una especie de coreografía, decenas de militares permanecen formados en la esquina opuesta a las labores de rescate. Llevan uniformes impecables. Las carretillas están vacías y los picos y las palas aparecen perfectamente alineados.

La imagen transmite la sensación de una puesta en escena.

Eso no significa que no haya militares trabajando en otras zonas de desastre. Los hay. Pero esta escena, en particular, contrasta con el trabajo de los rescatistas que, cubiertos de polvo, llevan días removiendo concreto.

Los bomberos aseguran que, además de la falta de equipos, tampoco han recibido apoyo psicológico. “Es muy duro lo que hemos tenido que hacer. Segmentar a personas para poder sacarlas de entre columnas y losas es demasiado difícil. Uno no se recupera fácil de eso.”

A La Guaira llegaron bomberos de estados tan lejanos como Cojedes, Mérida y Táchira, además de equipos de Caracas, Miranda y otras regiones del país.

También dicen sentirse indignados porque, días atrás, varios compañeros contaron a medios de comunicación las condiciones en las que estaban trabajando y, desde entonces, han sabido que podrían ser separados de sus funciones por haber hablado. “Por decir la verdad. Aquí no ha venido ni el gobernador”, soltó uno.

Cuando la misión terminó, la historia seguía

De manera precipitada por la información de que la presidenta encargada Delcy Rodríguez realizaría un acto en el mismo aeropuerto, el Equipo Médico de Emergencia dominicano encabezado por el ministro de salud pública Víctor Atallah despegó a Santo Domingo.

Regresaban con la satisfacción de haber atendido a 2,502 personas, haber honrado la hermandad de dos países y también con la promesa de volver.

Yo podía regresar con ellos pero decidí quedarme. Había vuelto a Venezuela para acompañar el cierre de la misión dominicana, pero quería entender cómo seguía viviendo una ciudad cuando ya casi no quedaban cámaras de televisión.

Miguel Mendoza sobrevivió al colapso de un edificio en Caribe. Carlos Quintero

Miguel volvió a nacer

Naiguatá queda a 45 kilómetros de Catia La Mar y del estadio César Nieves. Ahí no hay mayores daños. Viviendas de uno o dos pisos aguantaron el doblete sísmico y allí vive ahora Miguel. Un hombre de 56 años que logró sobrevivir tras quedar sepultado en el edificio El Molino del sector Caribe.

Nos recibe junto a su esposa, Lucy, en una habitación humilde donde intenta empezar de nuevo. Mientras ella prepara un café, él busca en su teléfono un video que ha visto decenas de veces. Lo grabó él mismo.

Miguel trabajaba como vigilante del edificio. Esa tarde hacía el recorrido de rutina cuando la estructura empezó a ceder.

Quedó atrapado durante cincuenta minutos.

“Yo lo único que hago es darle gracias a Dios.”

Dice que no pensó en dinero, ni en su trabajo. Pensó en su familia. Hace tres años que no ve a sus hermanos, que viven en el estado Trujillo. “Yo lo único que quería era volver a verlos”, dijo.

“Queremos darles cristiana sepultura”

Cuando oscurece regresamos a Tanaguarena.

Las grúas ya se detuvieron, pero la búsqueda no.

Son cerca de las ocho de la noche cuando Nairobi Herrera sale de un espacio de búsqueda en la base del edificio OPP-33. “Ahí está mi suegra, mi cuñado, mi sobrino”, nos dice detrás de su mascarilla de rigor.

Han pasado veinticuatro días desde el terremoto y junto a su esposo tiene veinticuatro días viniendo al mismo lugar.

“Nos queda un cinco por ciento de esperanza de encontrarlos con vida. Y si no… queremos darles cristiana sepultura.”
Aquí nadie pide ya milagros, piden y esperan una despedida digna.

La torre OPP-33 tenía doce pisos y hoy es una montaña de concreto. Del lado en donde estamos se ven las placas hasta el cuarto piso, mientras que del otro lado de la calle, está el techo del edificio.

Calculan que solo en ese edificio podrían permanecer atrapadas alrededor de sesenta personas. Multiplicar aquí estremece: en ese sector colapsaron seis torres. Cada una representa semanas, quizá meses, de trabajo.

Morelis Ugueto, damnificada, dice entre lágrimas que no quiere dejar La Guaira. C. Q. Quintero

Reconstrucción sí. Abandono no.

En Macuto, Humberto Gouveia abre cada mañana la panadería que su familia ha mantenido durante generaciones.
Pertenece a una familia luso-venezolana que decidió echar raíces frente al mar hace décadas.

Su negocio sobrevivió pero muchos de sus clientes y amigos no.

Vivió la tragedia de Vargas en 1999 y hoy vuelve a ver un litoral marcado por el miedo.

Cuenta que el agua y la electricidad regresaron relativamente rápido a su sector. El transporte, en cambio, sigue siendo un problema. Después de las cinco de la tarde prácticamente desaparece y eso obliga a muchos comercios a cerrar antes de tiempo.

Pero cuando habla del futuro no menciona ayudas económicas. Habla de quedarse.

“Se necesita que venga gente profesional a apoyar, buenas ideas que acompañen la reconstrucción. Pero también tenemos que hacerlo nosotros. Los mismos guaireños tenemos que reconstruir esto.”

La frase vuelve a aparecer horas después, aunque con otras palabras, en boca de distintas personas.

Nadie niega la magnitud de la tragedia pero tampoco quieren que la solución sea abandonar el estado.
De aquí nadie se quiere ir.

Fuente El Caribe