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Thiara quiso terminar una relación marcada por el maltrato y ahora lucha por sobrevivir en una cama de hospital

Según la denuncia presentada por su padre ante la Unidad de Atención a Víctimas de Violencia de Género de Los Mina, el presunto agresor es su exnovio, Oscar Junior Frías Mañón, conocido como “Nongo”.


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Thiara Mendoza Matos, de 18 años, permanece en estado crítico en el Hospital Militar Docente Ramón de Lara después de ser atacada con un arma blanca la noche del 26 de septiembre. La joven regresaba de un gimnasio en una pasola junto a una amiga cuando fue interceptada en el sector San Isidro, en Santo Domingo Este. 

Según la denuncia presentada por su padre ante la Unidad de Atención a Víctimas de Violencia de Género de Los Mina, el presunto agresor es su exnovio, Oscar Junior Frías Mañón, conocido como “Nongo”. Agentes de la Dirección Central de Investigación (Dicrim) mantienen activa su búsqueda y le han pedido que se entregue a las autoridades por la vía que considere pertinente. 

La denuncia describe una escena de persecución y violencia. El hombre habría seguido a la joven en una motocicleta hasta interceptarla cerca de las 8:00 de la noche. De acuerdo con el relato, la sujetó por la cabeza y provocó que ella y su acompañante cayeran de la pasola. Cuando Thiara quedó en el suelo, presuntamente le propinó dos puñaladas por la espalda y escapó. El hecho fue calificado de manera preliminar como violencia de género, violencia física y uso de arma blanca. 

Thiara quiso terminar una relación marcada por el maltrato y ahora lucha por sobrevivir en una cama de hospital 

Hansel Mendoza, padre de Thiara, describió al señalado como “una persona muy celosa y violenta” y afirmó que anteriormente había golpeado a su hija. Según su testimonio, la joven también había comunicado a su madre su decisión de terminar la relación debido a los maltratos. El ataque, por tanto, habría estado precedido por señales frecuentes en la violencia de pareja: control, agresiones previas, ruptura, persecución y una escalada capaz de poner la vida en peligro. 

El caso de Thiara se suma a una cadena de amenazas, agresiones y muertes que ha marcado 2026. Entre enero y marzo, el Ministerio Público contabilizó 22 feminicidios y 17.552 denuncias por violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales. Solo tres de las mujeres asesinadas habían denunciado previamente. Cerca del 89 % de los reportes correspondió a violencia intrafamiliar y de pareja, con una presencia significativa de exparejas entre los señalados. 

La cifra aumentó con el paso de los meses. El 3 de septiembre, la procuradora general Yeni Berenice Reynoso informó que 62 mujeres habían sido asesinadas por sus parejas o exparejas en lo transcurrido del año, tres más que los 59 casos atribuidos a esos vínculos durante todo 2025. Otro dato agrava el panorama: el 89 % de las víctimas no había denunciado los maltratos y cerca de una cuarta parte de los agresores se suicidó después del crimen. 

Historias que dejaron familias incompletas 

Los primeros días del año dejaron varios hogares en duelo. El 2 de enero, Rosemary Sosa, de 29 años, murió en Gualey, Distrito Nacional, tras un ataque atribuido a su pareja. Un día antes, Santa Sepúlveda, de 32 años, había fallecido por una herida de bala en La Zurza. En ese caso, las autoridades identificaron a la pareja de la víctima como presunto responsable. 

La violencia también alcanzó a mujeres muy jóvenes. En San José de Ocoa, Huilda Encarnación, de 16 años, perdió la vida tras una agresión con arma blanca atribuida a su pareja. En Pantoja, Santo Domingo Oeste, Katherine Méndez, de 18 años, fue asesinada dentro de su vivienda; un hombre de 25 años fue señalado como principal sospechoso. En Azua, Licauri Díaz, de 25 años, murió de un disparo el 25 de enero. Por este último hecho, un oficial del Ejército fue enviado a prisión preventiva mientras avanzaban las investigaciones. 

En mayo, los nombres de Esmeralda Moronta e Indhira Carolina Beltré volvieron a estremecer al país. Ambas, de poco más de 30 años, murieron en hechos atribuidos inicialmente a exparejas. Durante esos mismos días, otra joven denunció públicamente que recibía amenazas de muerte. Las historias cambian de barrio y de familia, pero repiten un recorrido similar: control, intimidación, ruptura, persecución y una respuesta que, con demasiada frecuencia, llega cuando el peligro ya se ha convertido en una emergencia. 

Las señales suelen estar a la vista 

En agosto, la Procuraduría había desglosado 57 feminicidios. En 35 casos, el agresor era la pareja de la víctima y, en 17, su expareja. Veintitrés mujeres murieron en ataques con armas blancas, 19 por disparos, seis por asfixia y cuatro mediante el uso de combustibles; los demás hechos involucraron otros métodos. Más allá de la forma del ataque, el vínculo expone una amenaza común: una persona cercana, con acceso a la vida cotidiana de la mujer, conocimiento de sus horarios y capacidad para vigilar sus movimientos. 

Thiara quiso terminar una relación marcada por el maltrato y ahora lucha por sobrevivir en una cama de hospital 

Los celos no son una prueba de amor. Tampoco lo son revisar el teléfono, aislar a una mujer de su familia, controlar su dinero, amenazarla o perseguirla después de una separación. Especialistas y organizaciones de apoyo advierten que estas conductas son señales de riesgo. Solo en el primer trimestre se presentaron 7,644 solicitudes de órdenes de protección, de las cuales 2,234 fueron concedidas. La brecha entre ambas cifras refleja la presión sobre el sistema y la urgencia de evaluar cada caso antes de que el peligro aumente. 

La denuncia debe ser el inicio de una ruta de protección, no un trámite que deje a la víctima sola al regresar a casa. Cada caso requiere una evaluación rápida del riesgo, seguimiento de las órdenes de protección, acompañamiento psicológico, asistencia legal y acceso a refugio cuando sea necesario. El Ministerio de la Mujer mantiene disponible la línea gratuita y confidencial *212, que funciona las 24 horas. La Procuraduría recibe reportes a través de Línea Vida, al 809-200-1202, mientras que las emergencias inmediatas deben comunicarse al 9-1-1. 

Lo ocurrido a Thiara Mendoza Matos no puede reducirse a una riña ni presentarse como un asunto privado. La denuncia describe un presunto intento de feminicidio precedido por celos, agresiones y la decisión de una joven de poner fin a una relación marcada por el maltrato. Mientras las autoridades buscan al sospechoso y la justicia determina responsabilidades, Thiara libra su propia batalla en una cama de hospital. Su historia recuerda que una amenaza ignorada, una señal minimizada o una respuesta tardía pueden empujar a otra mujer hacia una estadística que el país todavía no consigue detener. 

FUENTE: ACENTO