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Apoteósico cierre de Temporada Sinfónica

La diosa Fortuna, “Emperatriz del mundo” –variable como la luna– afortunadamente se posó sobre el Teatro Nacional la noche del miércoles, y la magia se hizo tangible. El público, imbuido del “Carpe Diem”, apartado del “mundanal ruido”, disfrutó de una apoteósica “Carmina Burana”– Canciones Profanas–, obra cumbre del compositor alemán Carl Orff, con la que cerró la Sinfónica Nacional su exitosa temporada de este año.
Una mano tocada por los efluvios de la diosa, el maestro José Antonio Molina, fue el gran protagonista, al lograr armonizar todos los elementos de esta cantata de gran riqueza rítmica y contenido poético, permitiéndonos introducirnos en ese mundo fantástico de los goliardos medievales, de disipada y errante vida.
La música de Carl Orff, apasionante, trasciende el espíritu original de los cánticos; la partitura plena de “ostinati” hace énfasis en la percusión en los momentos cumbres de la obra. Intervinieron en esta “Carmina Burana” los solistas Paola González –soprano– el barítono puertorriqueño, Ricardo Rivera, y el tenor colombiano, Luis Carlos Luque; el Coro Nacional dirigido por Elioenai Medina, y el coro de niños conducido por Nadia Nicola.

Un público expectante colmó la sala Carlos Piantini; el maestro Molina hizo su entrada, se escucharon entonces las notas de nuestro canto patrio. Un colosal golpe de timbal da entrada al coro, inicia el famosísimo himno ¡Oh, Fortuna!, las voces impactan, la música “in crescendo” provoca en el espectador una sensación de euforia, toda “Carmina Burana” gira alrededor de la idea de la siempre cambiante fortuna.

En un segundo poema “Fortune plango vulnera” –Lloro por las heridas de la fortuna– el texto se torna doliente, excelente interpretación del potente Coro Nacional, cierra el prefacio.
Inicia “La Primavera”. “Veris leta facies” –El alegre rostro de la primavera– es interpretado como un murmullo arrullador, por el coro. En “Omnia sol tempertat” –El sol todo lo suaviza– interviene el barítono acompañado por una breve y suave cantinela de la orquesta.

El director pauta el tiempo, le imprime solemnidad al ritual de la llegada de la primavera. La hermosa voz del barítono Ricardo Rivera transmite las sensaciones del canto amoroso de la primavera. En el “Ecce gratum” el coro canta las bellísimas estrofas de júbilo.
En la nueva sección “Uf dem anger” –En el prado–, “Tanz” –danza– es una parte instrumental con intervenciones solistas de los primeros violines, la flauta solista parece cantar, produciendo un momento sublime.

Un hermoso poema bucólico interpreta el coro “Floret silva” –El bosque florece–, El “Chramer, gip die varwe mir” es cantado por el coro femenino. En “Reie”, las trompas, tuba y metal inician esta “Danza de corro”, luego el coro canta una típica canción de baile; una fanfarria de trompetas nos introduce en “Were diu werlt alle min” –Si todo el mundo fuera mío–, el coro se lamenta que “el mundo no sea mío”.
El ambiente bucólico queda atrás, se pasa a uno más etílico, “En la taberna”. El barítono regresa y, poseído por el vino, interpreta el lamento “Estuans interius” –Ardiendo interiormente–. Luego, las notas del fagot introducen el tenor canta “Olim lacus colueram” –En otro tiempo adornaba los lagos– escrita para ser cantada en falsete, pero no es un hombre, es un cisne triste que ha dejado de ser admirado por su apolínea belleza, para convertirse en plato a ser degustado; interviene el vibrante coro masculino en un “forte” creciente, en contraposición con la voz del tenor, y se burla de él. Luis Carlos Luque canta con solvencia, posee un hermoso timbre, apropiado a este exigente cántico.
Continuando en la taberna, el barítono Ricardo Rivera interpreta con énfasis “Ego sum Abbas” –Yo soy el abad-– el ego domina, y con histrionismo se impone en la festiva ocasión.
En la última canción en la taberna, “In taberna quando sumus” –Cuando estamos en la taberna– el coro masculino, en una exaltación al placer, al vino, logra un momento espectacular.
Inicia una nueva sección “Cour D’amore” –Corte amor– . En su primer texto “Amor volat undique” canta el coro de niños con perfecta afinación, luego acompaña la soprano, en perfecta armonía.
“Dies, not et omnia” –El día, la noche y todas las cosas– es un lamento de amor cantado por el barítono con un buen manejo de las notas graves. Vuelve la soprano y canta “Stetit puella” –Había de pie una muchacha–. El descriptivo texto es interpretado con voz melodiosa por la soprano.

Regresa el barítono y, acompañado por el coro masculino, en “canon” cantan “Circa mea pectora” –De mi pecho– luego se une el coro femenino a esta exhortación al amor.
A continuación, en “Si puer cum puellula” –Si un chico con una chica–, el coro inicia el recitativo; interviene el barítono –en falsete, algo novedoso–. El coro mixto, punteado por el piano, canta un alarido amoroso “Veni, veni venias” –Ven, ven, te pido que vengas–, este es uno de esos momentos que permanecen en nuestra memoria. Más reflexivo es “In trutina” –En la balanza–, donde la soprano pone en la balanza el amor sensual y el pudor.

Llegan los tiempos “Tempus est iocundum” –Cantemos a la vida, al amor, a la juventud–. El famoso comienzo es interpretado por el coro, luego intervienen el barítono, la soprano y el coro infantil; el sonido de las castañuelas, el -cla-cla-cla, puntea entre estrofas.
Este canto al amor termina abruptamente, inicia, “Dulcissime” –Amadísimo– bellísimo canto de amor y entrega; la soprano, Paola González, con notas agudísimas aterciopeladas, alcanza un instante memorable.
La nueva sección “Blanziflor et Helena” –Blanca flor y Helena– es un solo poema “Ave formosissima” –Salve, hermosísima–. El coro entona un canto de alabanza a la doncella, es una especie de recapitulación de la obra, mientras… “Oh Fortuna, emperatriz del mundo” en su eterno girar vuelve, y nos lleva al inicio en un estallido final. El público, impactado, como accionado por un resorte, se pone de pie, aplaude y, a una sola voz, clama: ¡Bravo!

Fuente:  Hoy /  Por: Carmen Heredia de Guerrero

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