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Asesinato de John Lennon, el crimen que conmocionó al mundo hace 43 años

El 8 de diciembre de 1980, en la puerta de su propia casa y ante los ojos de su mujer Yoko Ono, John Lennon murió asesinado. La muerte del que para muchos fans fuera el más icónico y popular de los Beatles causó una gran conmoción en el mundo de la música y fuera de él.

El asesinato fue obra de Mark David Chapman, un ex militar que llevaba años planeando el crimen. De hecho, tras su detención confesó que ya había planeado asesinar al cantante en otra ocasión, pero que había desistido.

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Quienes conocieron al homicida lo describieron como un perturbado que hablaba con personas imaginarias y que fantaseaba con “tener el poder de un dios”.

Pero el asesinato no fue un mero capricho o consecuencia de un trastorno mental: Chapman sentía una obsesión fanática por la religión y declaró que había odiado a Lennon desde 1966, cuando el cantante hizo su famosa afirmación de que “los Beatles eran más populares que Jesucristo” y por las letras de algunas de sus canciones, en particular God e Imagine, que a su juicio despreciaban la fe. Afirmó que Lennon era un “farsante” y que llevaba un estilo de vida indecente, por lo que “se había visto obligado” a castigarle.

La mañana del 8 de diciembre, Chapman se unió a la multitud de fans que esperaban a Lennon en el portal del edificio Dakota de Manhattan, donde residía con su mujer Yoko Ono. Esta era una imagen habitual, ya que a menudo grupos de admiradores del cantante se reunían en la puerta de su casa para intentar conseguir un autógrafo de su ídolo.

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Mientras esperaba, charló con los fans y con el portero, sin despertar sospechas. Pero a causa de ello, perdió su primera oportunidad: no vio a Lennon bajar de un taxi para entrar en el edificio, por lo que tuvo que quedarse esperando todo el día.

Chapman decidió esperar a que volvieran a salir, lo cual no sucedió hasta las 5 de la tarde. A lo largo del día se quedó charlando con los fans e incluso conoció al hijo de cinco años de la pareja, Sean Lennon, que regresaba de dar un paseo con su niñera: Chapman le estrechó la mano y le dijo que era un niño muy guapo, citando la canción Beautiful Boy, una de las últimas del cantante y que había dedicado a su hijo.

Alrededor de las cinco la pareja salió de casa para dirigirse a los estudios de grabación, momento en el cual fueron abordados de nuevo por los fans. Chapman se dirigió a Lennon y le dio en silencio una copia de Double Fantasy, el álbum que había publicado apenas tres semanas antes junto con Ono. Él se lo firmó mientras un fan, Paul Goresh, que era además fotógrafo aficionado, tomaba una foto del momento: no sabía que esta sería la última foto de John Lennon. Tras el asesinato, aquella copia se convertiría en el último autógrafo del cantante: en 2003 se vendió en subasta por 525.000 dólares, haciendo de este el disco más caro de la historia de la música.

Chapman describió así su breve encuentro con Lennon: “Irónicamente, fue muy amable y muy paciente conmigo. La limusina estaba esperando y él se tomó su tiempo conmigo, tomó el bolígrafo y firmó mi álbum. Me preguntó si necesitaba algo más. Dije ‘no, no señor.’ Y se alejó. Un hombre muy cordial y decente.”

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Después de firmarle el disco, Lennon se fue con su mujer a los estudios de grabación Record Plant y no volvieron hasta bien entrada la noche, casi a las 11. Chapman se había quedado esperándoles oculto en el portal y al oír acercarse la limusina se dirigió a ellos y les saludó brevemente con un gesto de la cabeza, como si estuviera saliendo del edificio; según explicaría Yoko Ono, Lennon pareció reconocerle en aquel momento.

Después de haberse cruzado, Chapman se giró y gritó “¡Señor Lennon!” momentos antes de dispararle cinco veces con una pistola. Una de las balas falló el tiro, pero las otras cuatro le alcanzaron. Según el informe de la autopsia posterior, dos balas le dieron en el pulmón izquierdo y una de ellas alcanzó el cuello, mientras que las otras dos impactaron en el hombro izquierdo. Lennon, sangrando profusamente, dio algunos pasos hasta la portería, donde gritó “¡Me han disparado!” antes de desplomarse en el suelo.

José Perdomo, el portero, le quitó el arma de la mano a Chapman, a quien le gritó “¿Sabes lo que has hecho?”. Él respondió: “Sí, he disparado a John Lennon”. Mientras tanto, el conserje Jay Hastings intentaba hacer un torniquete para detener la hemorragia, pero al darse cuenta de la gravedad de sus heridas llamó a la policía. Chapman se limitó a esperarles en el lugar del asesinato, leyendo tranquilamente un libro.

El asesino dio otra muestra de su extraño carácter cuando se lo llevaron esposado: uno de los oficiales dijo que Chapman se había disculpado con ellos por haberles “estropeado la noche”.

Lennon fue trasladado al hospital Roosevelt por la misma patrulla que había detenido a Chapman, donde se realizó un intento desesperado e inútil de salvar su vida: le hicieron una transfusión de sangre e intentaron restaurar la circulación y reactivar el corazón, pero las heridas eran demasiado graves. Los médicos no pudieron sino confirmar su muerte y estimaron que, por la gravedad de las heridas, el cantante había fallecido como máximo 20 minutos después de haber sido tiroteado.

Asesino de John Lennon, Mark David Chapman
Mark David Chapman

La noticia se dio a conocer esa misma noche y causó un gran impacto. Sus fans se congregaron delante del hospital y frente a su casa, mientras cantaban las canciones favoritas del que había sido seguramente el más popular de los Beatles incluso tras la separación de la banda.

A día de hoy, Mark David Chapman sigue cumpliendo cadena perpetua por el asesinato. En los años posteriores concedió algunas entrevistas, en alguna de las cuales afirmó sentir remordimientos por su crimen.

Al menos cinco psiquiatras que le han visitado le han diagnosticado esquizofrenia y psicopatía, aunque el culpable siempre ha defendido que “no está loco” y que era muy consciente de lo que hacía cuando mató a John Lennon.

Ha solicitado varias veces la revisión de su condena, pero nunca se le ha concedido y, con casi toda seguridad, nunca se le concederá.

Fuente: National Geographic

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