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Calles y Avenidas: Agustín Lara, entre amor y desamor

Una vida licenciosa. Lara sobrevivió de cabaret en cabaret, enamorándose, cantando y tocando el piano, viviendo con muchas prostitutas, recibiendo de una de ellas, a los 30 años, una herida que le marcó la cara para siempre..

Agustín Lara, el más destacado artista mexicano del siglo XX, fue también un ídolo para los dominicanos.

La radio nacional dedicó programas especiales a sus múltiples composiciones, y, además, pasaba los días colocándolas en su voz o en las de los más afamados cantantes latinos. El pueblo acudió eufórico a las presentaciones que realizó en el país, y con la misma devoción asistió a ver las películas en las que actuaba, muchas veces caracterizándose.

Su nombre, Ángel Agustín María Carlos Faustino Marcano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, lo inmortalizó reducido a su segundo nombre y su primer apellido.

Fue colocado a una calle de Piantini, como tributo de admiración y recordación por el fervor con que muchos se aferraron a sus canciones, identificándose con el amor, el desamor, el despecho y la libertad amorosa y sexual de sus letras.

En una época fueron prohibidas algunas, como Pervertida, Aventurera, Imposible, Piensa en mí, consideradas inmorales por una Liga de la Decencia dirigida por un obispo de la Ciudad de México, que consideraba que no exaltaban a mujeres virtuosas, sino a prostitutas, y que, además, profanaban a Dios, como Palabras de mujer, que lo desafiaba: “Aunque no quiera Dios, ni quieras tú, ni quiera yo, hasta la eternidad te seguirá mi amor”.

No hubiese trascendido si él no cambia esa estrofa por “Aunque no quieras tú, ni quiera yo, lo quiso Dios”.

Es que Agustín Lara estuvo en burdeles desde los 12 años, tocando el piano y cantando, y sus noches transcurrían entre meretrices, sexo, alcohol, música, buscándose la vida para mantener el hogar abandonado por su padre.

A él lo educó una tía, Remedios, que lo llevaba al orfanatorio que supervisaba, donde el muchacho aprendió a tocar el armonio. Posteriormente estudió piano con la profesora Luz Torres Torrija, porque al descubrirlo el progenitor, lo envió a estudiar a una escuela militar de la cual fue expulsado por indisciplinado.

Era el prodigio de la intuición melódica, “por ello fue un músico fundamentalmente de oído”, según lo describe el sociólogo, folclorista y maestro Dagoberto Tejeda Ortiz en la conferencia “Agustín Lara: Romanticismo e identidad del bolero”, pronunciada en el Centro León y luego publicada en “Batey”, revista cubana de antropología sociocultural.

El poeta Renato Leduc introdujo al “Flaco de Oro” en la literatura y en las poesías de Nájera, Acuña, Manuel Flores y Amado Nervo, que fueron escuelas para la creación de las canciones con las que despertaba tan delirante fascinación.

Escribió Tejeda que Lara sobrevivió de cabaret en cabaret, enamorándose, cantando y tocando el piano, viviendo con muchas prostitutas, recibiendo de una de ellas, a los 30 años, una herida que le marcó la cara para siempre. Esa huella es parte de su historia, destacada en sus biografías como capítulo: La cicatriz.

Es de cuando tocaba en bares, cafés y salas de cine mudo, de cuando compuso Marucha en honor a sus primeros amores. “Una corista llamada Estrella lo atacó con una botella rota”, publicó Google. María Félix, artista mexicana que fue su esposa, escribió en sus memorias que se miraba al espejo y “se acomplejaba”.

En esos ambientes, agregó Dagoberto, nacieron sus primeras canciones, donde las musas, las reinas y las diosas eran hetairas, mujeres fatales a las que cantó por despecho, con pesar, pero siempre con amor y poesía. Desde ahí salieron temas como Pecadora, Aventurera y Pervertida.
Agustín y Juan Arvizu. A los 20 años, el “Poeta y flaco”, contrajo matrimonio con Angelina Bruschetta, hija de los dueños del famoso cabaret Salambó, donde sobresalió como pianista.

Allí lo descubrió Juan Arvizu y quedó fascinado con su estilo. Lo contrató para que lo acompañara y compusieran. Con él, “comenzó realmente su carrera artística, destacándose al componer Imposible y Mujer. Luego surgieron Pedro Vargas y Toña la negra, que lo elevaron a niveles nacional e internacional.

Prácticamente todos los intérpretes de aquellos y estos tiempos han cantado sus composiciones: Solamente una vez, Amor de mis amores, Piensa en mí, Arráncame la vida (como titula Almodóvar una de sus películas), Farolito, La Revancha, Granada, Madrid, Aquel amor, La prisionera (primera que compuso, en 1926), Noche de ronda, Rosa, Santa, Piénsalo bien, Humo en tus ojos, Noche criolla, Oración Caribe, Tengo ganas de un beso, y otros cientos.

El “músico, poeta y flaco”, que hablaba español, francés e inglés perfectamente, era hijo de Joaquín Mario Lara, médico-militar, y de la maestra María Aguirre del Pino.

Unos dicen que se casó nueve veces y otros que siete. Además de las esposas citada están: Esther Rivas Alarriaga, Raquel Díaz de León, Clarita Martínez, Yolanda Rodríguez Santa Cruz, Rocío Durán, Vianey Lárraga… Pero según Tejeda Ortiz, intercambiaba “con queridas famosas que pasaron a la historia, como Irma Palenin, María Tivas y Elvira Mendoza. Siempre eran amores tortuosos, apasionados y violentos, pasajeros e infieles”, sin embargo, todas lo definían como el mejor amante… Era un seductor por excelencia”.

Lo describen elegante, sensual, romántico, seductor ególatra, mitómano, inteligente, mujeriego…

“Oficialmente” solo se le reconocen dos hijos: Agustín Lara Lárraga y Gerardo Agustín Lara Santa Cruz.

Con la llegada de la radio, incursionó en La Voz de América con “La hora íntima de Agustín Lara” y “La hora azul”. Realizó interminables giras por América y Europa.

Nació el 30 de octubre de 1897 en Tlacotalpan, Veracruz, según unos, pero él, “que se quitaba los años”, declaraba que vino al mundo el 30 de octubre de 1900. Entró en coma el tres de noviembre de 1970, por derrame cerebral, y murió el día seis.

En el país. Entre las visitas que hizo a Santo Domingo se pudieron localizar dos. Una el 26 de octubre de 1954, anunciada en La Nación: “Sigue el gran éxito del espectáculo artístico del año, la presentación del músico, poeta y compositor Agustín Lara, tocando y cantando al público sus grandes poesías…”. Fue en el cine Olimpia. La entrada costaba un peso y lo patrocinaron las firmas Brugal y Atlas Commercial, que ya lo habían hecho el 24, donde Agustín Lara compartió con variedad de artistas internacionales.

Ángel Peña / HOY

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