Columnas

César Medina

Por: Julio Cury

A finales de la década de los 90, el Gobierno convocó una licitación pública internacional para concesionar la administración de los aeropuertos estatales. Mi padre, designado junto a otras personalidades de la época como observadores del proceso, formuló públicos reparos a los privilegios contractuales que se consintieron a favor de Aeropuertos Dominicanos (Aerodom) luego de que se le adjudicase la licitación.

Aquello fue noticia de primeras planas y la reacción no demoró. César Medina censuró acremente a mi padre, quien por razones de edad había iniciado ya su retirada del costado público, motivo por la que me arrogué entonces el derecho de salir en su defensa. El atrevimiento me hizo entonces blanco de los dardos del aguerrido productor de los espacios televisados “Hola Matinal” y “Hoy Mismo”.

Si el debate no hubiese sobrepasado determinados límites, o mejor, si no hubiera cruzado el umbral del tema en discusión, la tentación de devolverle con la misma moneda no me hubiese vencido.

Sin detenerme a calcular el daño que originaría soltándole la rienda a mis bríos, empuñé el arma de mi verbo y le disparé repetidas veces a César desde el programa “Revista 110” que Julito Hazim transmitía por el canal 13, produciéndole una herida tan profunda como la que él me había abierto.

Días después, tuvo lugar el célebre episodio de los botellazos en “Punto y Corcho”, vinoteca que se encontraba en la Plaza Andalucía. Estábamos mi muy querido Ricardo Ravelo y yo conversando con el escritor José del Castillo Pichardo cuando César empezó a distancia a descargar su enojo conmigo a voz en cuello, y si la sangre no llegó al río fue por la oportunísima intervención de varios amigos en común.

Al día siguiente, Aníbal de Castro, director de la desaparecida revista “Rumbo”, me llamó para convocarme a un encuentro en el apartamento de Miguel Vargas Maldonado con el propósito de que César y yo pacificásemos las diferencias que degeneraron en aquel incidente que mi padrino Hatuey De Camps evocaba en tono de chanza cada vez que comparecía a “Hoy Mismo”.

Después de desahogarnos y disculparnos mutuamente, nos dimos un apretón de manos y volví a ser habitué de dicho matinal hasta que César emprendió la carrera diplomática.

De recia formación e innegable valor personal, tanto su estilo de entrevistar como sus interesantísimos comentarios sobre el acontecer actual marcaron una época irrepetible en la televisión dominicana. Posteriormente, sus columnas “Fuera de Cámara” y la dominical “Tocando la Tecla”, ambas publicadas en el Listín Diario, devinieron en lectura obligada, y si he de decir verdad, me honra sobremanera haber merecido en dos oportunidades la inspiración de la prosa elegante y florida de César.

El tiempo pasa y deja siempre tras de sí añoranzas y olvidos, y si el autor de este artículo no ha arrojado sobre aquel viejo episodio la pátina tenaz que debilita y extingue el recuerdo, es porque pocas veces he conocido a hombres que le hayan estampado a la vida tanto coraje como el que César Medina le ha impreso a la suya.

Amo y señor de admirables virtudes y de un talento de elevadísima estatura, me toca hoy a mi escribirle a él para testimoniarle mi sincera admiración y aprecio, rogándole a Dios que le conceda salud para que pueda seguir diseminando sus huellas creadoras en la sociedad dominicana.

(Este artículo fue entregado horas antes de la muerte de César Medina).

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