Editoriales Invitados

Defenderse más de la pandemia

La forma acelerada en que se extienden los contagios y mortalidad por el virus SARS-CoV-2 es consecuencia colectiva de incurrir en cercanías físicas sin protección, aun insistiéndose en la obligatoriedad del uso de la mascarilla y de procurar el menor contacto posible entre personas, sobre todo al hablar o toser. Las infecciones avanzan por la apatía ante el peligro y los apresuramientos que congestionan espacios. La suma de casos ha sido impresionante en todo el mundo lo que suele conducir a excesivas demandan de atenciones médicas y de alojamientos de pacientes bajo cuidados especiales difíciles de expandir. Los recursos materiales y de personal para asistencia profesional se vuelven insuficientes. La calidad de los servicios desciende y los riesgos cobran intensidad. El país no debe ir a ese extremo, aunque así parezca.

En lugares más avanzados ocurren retrasos en detectar fallecimientos, prueba de poco seguimiento individual; y han faltado brigadas para retirar cadáveres que avanzan en descomponerse. Pero se ha visto también que en otras urbes golpeadas por el coronavirus la informalidad generalizada, insensible a la demostrada letalidad, y las desescaladas prematuras están costando muchas vidas. La lección es trágica. La coexistencia con el virus requiere disciplina colectiva. El tratamiento efectivo contra la enfermedad no parece cercano. Las vacunas, tampoco y siempre toma tiempo desarrollarlas con efectividad.

Gentío para el espanto

La más riesgosa de las mayorías es la que una sentencia del Tribunal Superior Electoral permitiría formar autorizando a los partidos políticos a excederse en representación en cada colegio. Sumados estos delegados y multiplicados por tres, a los observadores y normales integrantes de mesas, en algunas de ellas habría finalmente, más oficiantes que votantes. Una multitud pasiva y apretujada en sillas y sillones añadida a lo esencial que son los sufragantes, simples aves de paso.

Aves que además querrían salir de sus obligaciones ciudadanas sin llevar ni traer las trazas microscópicas que ahora enferman a cualquiera y cuya diseminación resulta más difícil de evitar si son demasiadas las bocas y narices en un mismo y estrecho lugar. Acaban de echarle más leña al fuego de los miedos al contagio.

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