Columnas

El golpe Bolsonaro

Por: Pedro Manuel Casals

“La victoria tiene un centenar de padres, pero; la derrota es huérfana.” John Fitzgerald Kennedy.

Las elecciones en Brasil son el reflejo directo de esa frase. Ahora los pseudoanalistas manifiestan que no ganó Bolsonaro, sino que ganó el mal manejo del Partido de los Trabajadores; que ganó la depresión económica que sufre ese país; que ganó la inseguridad y que ganó la corrupción .

Yo diría lo contrario; perdió el PT; perdió la izquierda de caviar; perdió la corrupción y perdió el crimen. Esta derrota si tiene muchos padres; más esta victoria, tiene un solo dueño y un solo ganador; el pueblo brasileño.

Me intriga y sorprende observar como “libelocos” cuestionan y desmeritan la democracia cuando no ganan sus candidatos y sus propuestas, pero, la aplauden y festejan cuando si. En mi casa a eso le llaman hipocresía.

El golpe de Bolsón que ha dado –paradójicamente- Bolsonaro, tiene 3 pilares estructurales e interdependientes entre si; 1) Crisis económica; 2) Corrupción y 3) Inseguridad.

Estos 3 factores conjugados paralelamente han sido el elemento fundamental que ha llevado a Bolsonaro al poder de la democracia más grande de Latinoamérica. Pero igual como sucedió con Trump en EEUU, no crean que se va acabar el sistema en Brasil.

El contrapeso federativo y las instituciones brasileñas tienen mucha independencia y jugaran su rol. Muestra de esto es que el partido de Bolsonaro, apenas tiene un 10% de representación congresual, lo que se traduce, en que –obligatoriamente- tendrá que dialogar y pactar alianzas para poder gobernar y materializar sus propuestas.

Por eso, es que nos asombra significativamente quienes –como oráculo de mercado- pronostican tiempos apocalípticos y tenebrosos; hablan de fascismo –sin conocer la vinculación ideológica de dicho concepto con el socialismo- y no dijeron lo mismo de Chávez ni Maduro.

Hablan de ultraderecha pero no mencionan la izquierda asesina de Ortega ni la izquierda de caviar –el sistema más corrupto- de Evo Morales y Rafael Correa.

No acaban de entender que las nuevas generaciones están hastiadas del liderazgo corrupto y “políticamente correcto”; están cansados de promesas vacías que –los mismos promitentes- saben mueren en la burocracia.

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