OPINIÓN

El peligro de olvidar la diplomacia


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Por:  Giovanni Matos                                                                                                                                                  Director del El Veedor Digital

El Artículo 33 de la Carta de las Naciones Unidas constituye uno de los pilares del orden internacional moderno. En él se establece que las controversias entre Estados deben resolverse por medios pacíficos, entre ellos la negociación, la investigación, la mediación, la conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial y el recurso a organismos regionales. Este principio fue concebido tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, cuando la comunidad internacional comprendió que la supervivencia del sistema global dependía de reemplazar la guerra por la diplomacia institucionalizada dentro de la Organización de las Naciones Unidas.

La lógica que inspira este artículo no es nueva. Forma parte de una tradición intelectual que hunde sus raíces en el pensamiento político liberal y en la filosofía moderna sobre el orden y el poder. Mucho antes de la creación de la ONU, pensadores como Thomas Hobbes, Montesquieu y John Locke reflexionaron sobre los riesgos de un mundo sin normas que limiten la fuerza.

En su célebre obra Leviatán, Hobbes advertía que, en ausencia de reglas y autoridad, la humanidad puede caer en un estado de naturaleza dominado por la inseguridad permanente y la lucha de todos contra todos. Aunque Hobbes pensaba principalmente en el orden interno de los Estados, su advertencia se aplica también al sistema internacional: cuando desaparecen los mecanismos de regulación y los compromisos legales, la política se reduce a la ley del más fuerte.

Por su parte, El espíritu de las leyes, del filósofo francés Montesquieu, desarrolló una idea fundamental para el pensamiento liberal: el poder debe estar limitado por leyes y equilibrios institucionales. Si ese principio se aplica dentro de los Estados mediante la separación de poderes, en el plano internacional se refleja en instituciones y normas que buscan contener los conflictos y promover la cooperación entre naciones.

Otros pensadores liberales, como Locke, también contribuyeron a esta tradición intelectual al defender la existencia de derechos naturales y la necesidad de que el poder político se someta a principios jurídicos. En el ámbito internacional, esta visión inspiró la construcción de un sistema basado en reglas, tratados y organismos multilaterales, cuyo objetivo es evitar que la fuerza militar se convierta en el único árbitro de las disputas.

Sin embargo, la realidad contemporánea muestra que estos principios están siendo sometidos a una fuerte presión. Las tensiones geopolíticas y los enfrentamientos armados en regiones como el Medio Oriente evidencian que, en muchas ocasiones, la diplomacia queda relegada frente a la lógica de la confrontación militar.

Cuando los Estados ignoran los mecanismos previstos por el Artículo 33 y optan por la fuerza, el orden internacional corre el riesgo de retroceder hacia una dinámica más cercana a la que temía Hobbes: un escenario en el que la seguridad depende menos del derecho y más del poder.

Por ello, recordar el espíritu de la Carta de las Naciones Unidas no es un ejercicio meramente académico. Es una advertencia política y moral: sin normas respetadas y sin instituciones capaces de mediar en los conflictos, la comunidad internacional puede deslizarse hacia un mundo más inestable, donde la diplomacia pierde terreno frente a la fuerza.

En última instancia, las naciones no deben recurrir jamás a la ley del más fuerte. Hacerlo significaría ignorar la capacidad de raciocinio que distingue al ser humano y que ha permitido construir civilizaciones, normas y sistemas de convivencia. Renunciar a la razón para imponer la fuerza sería un retroceso histórico y moral, pues equivaldría a comportarnos como seres dominados únicamente por el instinto, comparables a los animales irracionales.

La verdadera grandeza de la humanidad reside precisamente en su capacidad de resolver los conflictos mediante la razón, el derecho y el diálogo, y no por la imposición de la violencia.