OPINIÓN

“Impuestos anacrónicos”: el nuevo truco del viejo libreto fiscal

En la política dominicana hay palabras que aparecen cada cierto tiempo para justificar decisiones económicas que, de otra forma, provocarían un rechazo inmediato


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Por:  Giovanni Matos                                                                                                                                                  Director del El Veedor Digital

En la política dominicana hay palabras que aparecen cada cierto tiempo para justificar decisiones económicas que, de otra forma, provocarían un rechazo inmediato.

Hoy la palabra de moda es “anacrónico”. Con ese término elegante, el ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, ha anunciado que el gobierno enviará al Congreso Nacional un proyecto para eliminar supuestos “impuestos anacrónicos”.

Dicho así, parece una gran noticia. Pero cuando el poder comienza a hablar con ese tipo de tecnicismos, lo más sensato no es celebrar, sino preguntarse qué hay realmente detrás de esa narrativa.

Porque la experiencia dominicana es clara: cada vez que los tecnócratas del gobierno anuncian reformas fiscales con nombres sofisticados modernización, simplificación, reorganización o corrección de distorsiones— lo que casi siempre termina ocurriendo es que se reorganiza la forma de cobrar impuestos, pero no se reduce la carga real sobre la población.

En otras palabras, cambian las palabras, cambian las fórmulas, pero la factura sigue llegando al mismo destinatario: el pueblo dominicano.

Si esos impuestos son tan “anacrónicos”, surge una pregunta inevitable: ¿por qué han existido durante décadas dentro del sistema tributario sin que los gobiernos anteriores, incluyendo el actual, hicieran nada para eliminarlos?

La respuesta es sencilla. Porque durante años han servido perfectamente al propósito fundamental del sistema fiscal dominicano: recaudar sin alterar los privilegios estructurales del modelo económico.

Ahora se pretende presentar su eliminación como una especie de acto de justicia fiscal. Pero el país ya ha aprendido a desconfiar de los anuncios que vienen envueltos en lenguaje técnico y promesas de eficiencia.

La preocupación es legítima. Cada vez que se habla de revisar el sistema tributario, el temor de la ciudadanía es el mismo: que detrás de la eliminación de algunos impuestos se esconda la creación de otros mecanismos de recaudación o la transferencia silenciosa de la carga fiscal hacia los sectores más vulnerables.

Mientras tanto, la realidad cotidiana del dominicano sigue marcada por una economía cada vez más difícil.

Los precios suben, los servicios suben, el transporte sube y el salario apenas alcanza.

En ese contexto, cualquier discusión sobre impuestos debería comenzar por una pregunta básica: ¿quién paga realmente el peso del sistema fiscal en este país?

El verdadero anacronismo del modelo tributario dominicano no es solo la existencia de ciertos impuestos viejos o sanciones desproporcionadas. El verdadero anacronismo es un sistema que sigue descansando en el consumo de una población cada vez más empobrecida, mientras los grandes intereses económicos rara vez sienten el mismo nivel de presión fiscal.

Por eso, antes de aplaudir el discurso de los “impuestos anacrónicos”, el país debería exigir algo mucho más concreto: claridad, transparencia y verdad.

Porque el pueblo dominicano ya ha aprendido algo fundamental:
cuando el poder económico comienza a hablar en lenguaje técnico, muchas veces lo que está haciendo es intentar que la gente no entienda lo que realmente está pasando