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Juan Bosch: sensible, honesto y humano

Por: Altagracia Paulino

Cuando yo tenía 23 años conocí a un contemporáneo de mi abuela, Juan Bosch y Gaviño, que nació el mismo año que ella con solo días de diferencias. Cuando comenzamos la conversación, me parecía que lo hacía con mi propia abuela, porque se manifestaban de la misma forma en cuanto a apreciar los valores que adornaron a muchos de su generación.

Visité la casa de don Juan en la avenida César Nicolás Penson, en compañía del dirigente de izquierda Juan B. Mejía. Es que íbamos como invitados a la República Popular China, cuando en los pasaportes dominicanos se leía la inscripción: válido para todos los países del mundo menos a los países satélites de órbita de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Don Juan había estado en China cuando realizó su “viaje a las Antípodas”, que son los países del continente asiático, donde se ubica la China continental, entonces gobernada por el líder Mao Tse Tung. Bosch había formalizado relaciones de amistad con el canciller Chou en Lai, y como seríamos recibidos por el alto funcionario nos confió llevarle los primeros números del periódico Vanguardia del Pueblo y la revista que editaba el PLD.

No llegué a materializar el viaje, aunque parte de la delegación logró hacerlo, pero desde entonces el contacto personal con don Juan siguió y durante un buen tiempo me dediqué a leer sus cuentos, siempre ambientados en la zona rural, y como tengo origen campesino, leer las descripciones de los paisajes y de la vida de los habitantes del campo me era sumamente familiar, tanto que algunas escenas me parecían que las había vivido.

Una mañana mientras caminaba por la calle 16 de Agosto, don Juan iba solito por la calle; la gente se quedaba extasiada de ver a ese hombre espigado, con su cabeza blanca, caminar con la frente en alto y saludar a su paso a las personas. Iba a visitar la casa de una amiga común y ahí comenzó toda una historia de simpatía, de amistad, de solidaridad y cariño impresionante.

La reciedumbre de don Juan me recordaba a mi abuela, aunque se diferenciaban mucho en el aspecto intelectual eran similares en el sentido común, en la prudencia, en la valoración de las cosas, en la rectitud con que marcaron sus ilustres vidas, en la que la honestidad hacía de ellos personas realmente honorables. Con ellos comprendí que la nobleza no es un título, es más bien un estilo de vida ciertamente inspirador.

De la amistad con don Juan logré no solo su cariño, sino la apertura de su casa, de sus oficinas cuando en los distintos medios donde laboré necesitaban una entrevista con él. Siempre respetuosa de las sabias palabras y conceptos que expresaba, coherente con su pensamiento y estilo de vida simple y sencillo.

En 1977 me casé con un miembro fundador del PLD, a quien don Juan quería mucho, Daniel Toribio; nos honró con su visita a nuestra casa, a la clínica donde di a luz a mis hijos. Cuando nació mi hija, fue a la clínica, pero ya habíamos salido y llegamos casi juntos a la casa donde durante casi toda la mañana disfrutamos de sus sabias conversaciones. Recuerdo que habían llegado de México los biólogos William Gutiérrez y Zoila González, su esposa, quienes hicieron maestría en Biología Marina. Don Juan de una forma magistral se refería a toda la fauna marina del Golfo de México, era como estar con Jacques Cousteau, pero en mi casa.

Tengo muchas cosas que decir, pero esta vez quiero recordar con respeto y cariño los 18 años de su partida.

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