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La agenda social global crece en busca de otro mundo posible

Por: Altagracia Paulino

Quizás los nombres Irving y Dorothy Stone, Mary y Jim Bohlen, Ben y Dorothy Metcalfe, Bob y Zoe Hunter, y el estudiante Paul Cote, no tengan mayor significación, a no ser por la historia que iniciaron en el 1971, cuando se plantaron en medio de pruebas nucleares que practicaba Estados Unidos en la isla de Amchitka, Alaska, para impedirlas.

Ellos fueron los activistas canadienses, que utilizaron un viejo pesquero, llamado Phillips Cormack, y los creadores de la mayor organización de ambientalistas global, Greenpeace, que hoy cuenta con tres millones de socios en el mundo.

Cuando el intrépido grupo se colocó en el centro de las prácticas nucleares, ocuparon la atención de la prensa mundial, lo que provocó el cese de la actividad y hoy la isla es una reserva ornitológica.

“Queremos paz y queremos que sea verde”, con este eslogan como principio de su accionar, la entidad puede exhibir logros, tanto como poner en la agenda global y en la boca de todos el cambio climático y sus efectos adversos.

Desde el protocolo de Kioto en 1997, en el marco de la Organización de las Naciones Unidas sobre cambio climático, que tuvo por objeto reducir las emisiones de seis gases de efectos invernadero, hasta el Acuerdo de Paris, firmado en New York, el 22 de abril del 2016, por 195 países, han sido inspirados en la agenda de la paz verde iniciada por los muchachos de Vancouver, Canadá, en 1971.

La agenda social global que ha tomado mucha fuerza en el presente siglo agrupa una vasta gama de temas en los que se ha involucrado la sociedad civil universal, que está integrada por personas y agrupaciones preocupadas por la forma en la que hemos vivido, con un consumismo irresponsable causante del deterioro que se advierte en el planeta.

La advertencia de que en 30 años habrá más plásticos que peces en los mares, resultó de un estudio de Greenpeace, que reveló la isla de plásticos en el Océano Pacifico, cuyo tamaño supera a Francia.

Desde entonces, la Unión Europea prohibió el empleo del plástico de un solo uso, amplió las disposiciones para que los electrodomésticos sean fabricados con durabilidad por encima de los 12 años y sus autos fabricados bajo normas de menos emisiones de CO2.

El uso del plástico afecta severamente al mundo marino, se estima que se vierten en los mares 200 kilos de plásticos por segundo, lo que representa una amenaza no solo para la vida marina sino también para los humanos.

En marzo de este año la ciudad de Nueva York, conocida como la capital del mundo, emitió una ley que prohíbe las fundas plásticas. La empresa Poly-Park Industries, elevó un recurso ante la Suprema Corte de Justicia, la cual ratificó la ley, pero le otorgó el plazo para que la compañía terminara el inventario existente.

Conforme al Departamento de Conservación Ambiental, los clientes deberán llevar bolsas reusables a las tiendas o pagar cinco centavos por una de papel.

Hace dos años en Nueva York fue prohibido el uso del Foam, y en otros Estados las fundas plásticas han sido sustituidas por bolsas de papel.

En Paris no se usan las botellas plásticas para dispensar agua y evitarlas como basura, mientras que en nuestro país se aprobó la Ley de manejos de Residuos Sólidos, pero hay que esperar cinco años para que deje de usarse el plástico de un solo uso.¡¡Seamos parte de ese mundo posible, se puede!!

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