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Las dudas persistirán

Finalmente, el pleno de la Junta Central Electoral (JCE) aprobó la forma de votación para las elecciones municipales del 22 de febrero de 2020. Lo hizo a su manera, amparada en las previsiones de los artículos 99 y 225 de la ley electoral 15-19. Una suerte de “fórmula combinada” mediante la cual trata de “equilibrar” las diferencias surgidas con el voto automatizado, férreamente defendido por el partido oficial y duramente criticado por una parte de la oposición.

No se puede hablar de una fórmula salomónica ni conciliadora. La JCE hizo lo que entendió más conveniente. Probablemente, el método no resultará satisfactorio para quienes han cuestionado profundamente el sistema electrónico, porque seguirá predominante en el 60% de los colegios electorales, precisamente los de mayor importancia territorial y política.

Queda claro que la solución no honra la proclama de que el voto automatizado nunca se utilizaría en las elecciones si no se llegaba a un consenso unánime. Fue una declaración para bajar las llamas encendidas por las dudas originadas durante las primarias del 6 de octubre.

De todas formas, al margen de lo que pudiera ser ficción o realidad, lo único que se ha podido verificar es que la garantía de fidelidad del voto viene dada por la calidad de la administración del proceso, de la actitud de los líderes políticos, del nivel de descaro en el uso y abuso de medios ilícitos y corruptores, sea mediante el dinero o los recursos a disposición.

Está probado que la JCE nunca podrá regular esa parte del proceso, a merced de los más poderosos en medios y recursos.

Con las formas de votación decididas, quienes albergan dudas sobre la transparencia y seguridad del voto electrónico quedarán en una posición muy difícil para persistir en sus puntos de vista.

La JCE actuó en el marco de la legislación vigente, dentro de sus facultades. Aunque se trata de un diferendo político, al final, prevalecerá su criterio bajo el influjo del aval de los actores más fuertes y las veleidades de otros.

Persistir en el rechazo podría conducir a un aislamiento, a proyectar la tradicional cultura del derrotado, que además se resiste a la modernidad.

Tendrán que someterse a las reglas impuestas. Pero las dudas persistirán.

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