Anticorrupción

Las secuelas de la corrupción

beroamérica asiste a un nuevo mapa político en que a derecha e izquierda han surgido nuevos movimientos de carácter claramente populista. Este escenario es esencialmente diferente del auge del populismo en Europa porque aquí hay factores esenciales en el auge de esos movimientos que no se dan en América.

Las críticas al proceso de construcción europea, la reacción a la inmigración incontrolada o los intentos secesionistas en Cataluña no tienen paralelismos en Brasil o en México. Pero sí hay un paralelismo en cómo se trata a los partidos de una familia y otra. Porque en Europa, como en América, los partidos como el Fidesz húngaro o el Vox español son ampliamente descalificados en los medios de comunicación bajo la acusación de ser de extrema derecha, pero nunca se ve una descalificación a las formaciones de extrema izquierda como Syriza en Grecia o Podemos en España. Casi nunca han recibido un tratamiento similar por sus posiciones radicales, que en el caso de la formación española es abiertamente anticonstitucional. Ese paralelismo se da con el tratamiento de los nuevos presidentes latinoamericanos. Jair Bolsonaro es calificado abiertamente como de extrema derecha, pero Andrés Manuel López Obrador nunca es descalificado como político de extrema izquierda. El paralelismo ahí entre Europa e Iberoamérica es claro.

El auge de esos movimientos políticos en América ha tenido una relación evidente con el grado de corrupción que se ha sufrido en algunos países. La herencia del PRI en ese terreno no ha mejorado ni después de dos mandatos del PAN en el poder. La reactivación de la corrupción priísta con Enrique Peña Nieto ha sido clave para abrir la puerta del poder a la extrema izquierda de López Obrador. Y en el caso de Brasil la victoria de Bolsonaro es indisociable de la corrupción de Lula y los suyos que han conseguido generar un rechazo tan frontal entre la población que la expresidenta Dilma Rousseff, que tuvo los bemoles de presentarse a senadora después de su destitución, terminó las elecciones en cuarto lugar en su distrito electoral. Ni en su feudo la perdonaron.

Un factor a tener en cuenta en la región es cómo a lo largo de lo que va de siglo la izquierda ha llegado en varios países al poder con una situación económica privilegiada y ha logrado arruinar el país. Por supuesto el ejemplo más claro es el de Venezuela, donde Hugo Chávez llegó al poder con el precio del petróleo por los suelos y el crudo llegó a estar muy por encima de la barrera de los cien dólares. ¿A qué dedicó la izquierda venezolana esa riqueza? A subvencionar escuelas de samba en Brasil como forma de apoyo a Lula y a mantener la revolución cubana. Hoy en día Venezuela es uno de los países más pobres del mundo, lejísimos de las cifras que dejó la administración conservadora de Rafael Caldera y la presidencia de Nicolás Maduro ha acumulado más de 13 millones de nuevos pobres.

Ese es el riesgo que enfrenta México hoy. López Obrador se niega a hacer el más mínimo reproche a Maduro lo que apunta a dónde puede llevar a su país: allí de donde después es dificilísimo salir, como puede atestiguar la Argentina de Macri después de doce años de Kirchnerismo. Y es la razón por la que el programa económico de Jair Bolsonaro no asusta a los mercados: porque es, técnicamente, liberal.

El auge de esos movimientos políticos en América ha tenido una relación evidente con el grado de corrupción que se ha sufrido en algunos países. La herencia del PRI en ese terreno no ha mejorado ni después de dos mandatos del PAN en el poder. La reactivación de la corrupción priísta con Enrique Peña Nieto ha sido clave para abrir la puerta del poder a la extrema izquierda de López Obrador. Y en el caso de Brasil la victoria de Bolsonaro es indisociable de la corrupción de Lula y los suyos que han conseguido generar un rechazo tan frontal entre la población que la expresidenta Rousseff, que tuvo los bemoles de presentarse a senadora después de su destitución, terminó las elecciones en cuarto lugar en su distrito electoral. Ni en su feudo la perdonaron.

Un factor a tener en cuenta en la región es cómo a lo largo de lo que va de siglo la izquierda ha llegado en varios países al poder con una situación económica privilegiada y ha logrado arruinar el país. Por supuesto el ejemplo más claro es el de Venezuela, donde Hugo Chávez llegó al poder con el precio del petróleo por los suelos y el crudo llegó a estar muy por encima de la Barrera de los cien dólares. ¿Ha qué dedicó la izquierda venezolana esa riqueza? A subvencionar escuelas de samba en Brasil Cómo forma de apoyo a Lula y a mantener la revolución cubana. Hoy en día Venezuela es uno de los países más pobres del mundo, lejísimos de las cifras que dejó la administración conservadora de Rafael Caldera y la presidencia de Nicolás Maduro ha acumulado más de 13 millones de nuevos pobres.

Ese es el riesgo que enfrenta México hoy. López Obrador se niega a hacer el más mínimo reproche a Maduro lo que apunta a dónde puede llevar a su país: allí de donde después es dificilísimo salir, como puede atestiguar la Argentina de Macri después de doce años de Kirchnerismo. Y es la razón por la que el programa económico de Jair Bolsonaro no asusta a los mercados: porque es, técnicamente, liberal.

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