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Los contratos de adhesión

Por: Namphi Rodríguez

Ha sido Jean Jacob Rousseau quien, hace más de dos siglos, proclamó: “donde hay fuertes y débiles, la libertad oprime y la ley libera”.

Por esa razón, el jurista francés Raymond Saleilles escribió en 1901, “hay contratos y contratos. Existen unos pretendidos contratos que no tienen de tales más que el nombre, y cuya construcción jurídica aún se está por hacer. Se les podría llamar a falta de otra denominación más adecuada contratos de adhesión, en los cuales se da un predominio exclusivo de la voluntad de una de las partes contratantes, actuante como voluntad unilateral, la cual dicta su ley no ya sólo a un individuo, sino a una colectividad indeterminada”.

El contrato se celebra por adhesión cuando la redacción de sus cláusulas corresponde a una sola de las partes, mientras que la otra se limita a aceptarlas o rechazarlas, sin poder modificarlas.

Pese a esta realidad, los contratos por adhesión dominan las relaciones entre proveedores y consumidores y han relegado a un plano secundario los contratos tradicionales del Código Civil y del Código de Comercio.
La técnica de los contratos por adhesión es un fenómeno necesario en la vida moderna, donde la producción en serie y la venta masiva de bienes y servicios demanda de instrumentos expeditos para manejar el mercado.

Estos contratos no sólo dominan las relaciones de proveedores y consumidores, sino que el fenómeno se extiende a los contratos públicos o administrativos.

Como afirma el profesor español David Blanquer, igual sucede en la mayoría de los negocios jurídicos celebrados por la Administración, que también son “contratos de adhesión”, en los que el adjudicatario acepta y se adhiere a las cláusulas impuestas por la Administración Pública. Al formular su oferta contractual o proposición jurídico-económica, el aspirante a adjudicatario no puede modificar el contenido del pliego unilateralmente redactado por la Administración, sino que el interesado en la adjudicación debe aceptarlo en su integridad, sin quitar ni poner una coma.

Estos contratos entrañan una lógica dual. De un lado, la predisposición como técnica del oferente y, por otro, la adhesión como acto del adherente.

De ahí, la imposibilidad de continuar descansando en el dogma de la autorregulación o autodeterminación es lo que explica la respuesta normativa a través de los sistemas de control.

La situación de debilidad en las relaciones contractuales hay que buscarla en el principio de autonomía de la voluntad. La libertad contractual existe si hay igualdad entre las partes: si la igualdad es real no es necesario que el derecho intervenga, pero si es meramente formal, el legislador debe intervenir para evitar los abusos.

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