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Los padres creen que la mejor edad para comprar un móvil a sus hijos es a los 13 años

Cada vez están más concienciados de que las pantallas son favorables en la socialización y educación de los menores, según un estudio de Empantallados y el apoyo de la Comisión Europea

Es la pregunta eterna: ¿A qué edad hay que darle un móvil a los niños? Los padres opinan que la mejor edad para comprar a sus hijos su primer smartphone son los 13 años. Al menos así se desprende de la II edición del estudio « El impacto de las pantallas en la vida familiar. Los adolescentes»,al que ha tenido acceso en exclusiva ABC.

Además, el informe asegura que los progenitores consideran que la edad adecuada para que sus hijos se abran un perfil son los 15 años. «Esto en la práctica supone una contradicción con su opinión sobre que la edad recomendada para que sus hijos tengan móvil es 13 años, puesto que para un adolescente tener un smartphone es sinónimo de estar en redes», según apunta este estudio realizado por Empantallados y Gad3 con el apoyo de «Por un uso love de la tecnología» y la Comisión Europea.

Para Gustavo Entrala, experto en redes sociales y asesor de Empantallados, resulta también muy llamativa la nueva tendencia en la valoración de las nuevas tecnologías en manos de los hijos al dejar patente que en los padres «hay un menor rechazo hacia las pantallas frente a la demonización de años anteriores».

Actividades juntos

Uno de los motivos más recientes para este cambio de opinión es que «el Covid-19 ha puesto de relieve el valor de las posiblidades de las nuevas tecnologías. Los padres —insiste— se han dado cuenta de que sus hijos no solo se dedican a ver vídeos de entretenimiento para paliar su aburrimiento, sino que las pantallas ofrecen mucho más. Además, son miles las familias que durante el confinamiento se han animado a realizar actividades, e incluso bailes, juntos que después han colgado en las redes sociales. En este sentido han percibido que la tecnología les ha unido y han disfrutado gracias a ella».

Concretamente, uno de cada tres encuestados (34%) asegura que las pantallas les han unido más a sus hijos, datos que mejora en cinco puntos porcentuales respecto al año anterior. Y, en lo que respecta a la pareja, el 61% considera que les facilita la comunicación diaria.

«Menos de un tercio de los padres controla las contraseñas de sus hijos en redes o el wi-fi»

Del mismo modo, los progenitores están empezando a «aceptar» que sus hijos de 10 a 15 años son nativos digitales y que «no se les puede negar este entorno tecnológico. El móvil es en la actualidad un símbolo de estatus de “mayoría de edad”, de introducción a la sociedad —explica el experto en redes sociales—. Los padres van aceptando gradualmente que el principal canal de socialización de los hijos son las redes sociales y que priman las relaciones virtuales. Es un hecho al que cuesta negarse. Si sus hijos no están en red, se sienten “marginados”, fuera de lo que comunica su grupo de iguales».

Además de las oportunidades que ofrecen las pantallas a los niños y jóvenes en sus relaciones sociales, los padres también valoran las posibilidades que aportan en su educación. Son conscientes de que pueden acceder a cursos, a contenido de interés para desarrollar aficiones, a tutoriales, creatividad, mayor facilidad para procesar información…

Del mismo modo, aprecian su funcionalidad y utilidad por la multitud de herramientas en un mismo dispositivo (teléfono, cámara de fotos, mapas/navegador, reloj, calculadora, grabadora…), por el rápido acceso a la información (horarios, meteorología, ubicaciones, eventos), la inmediatez al realizar gestiones, la simplificación de los trámites del día a día y, sobre todo, la libertad e independencia al saber que pueden contactar con sus hijos en cualquier momento.

«El 84% de las familias aplica algún tipo de regla, una tendencia al alza con respecto al 81% del año anterior»

Este hecho, según Entrala, no quiere decir que los padres no se preocupen por evitar riesgos como el ciberacoso o el acoso sexual. «Las familias son conscientes de que existen, pero saben que estas situaciones no son la tónica general. Reconocen que la comunicación con ellos y estar más tiempo juntos es muy importante para orientarles y detectar cualquier señal de sospecha de que algo extraño está pasando».

En este sentido, el informe destaca que las principales preocupaciones de las familias al respecto son la sobreexposición en la red (de la imagen, sentimientos y emociones), la publicación excesiva de información de sus hábitos, la despersonalización por tener relaciones superficiales, la adicción por no poder vivir sin las pantallas, la distracción y dificultad para focalizarse en una tarea, la salud mental al caer su autoestima por la presión social, el acortamiento de la infancia por la pérdida de la inocencia de manera prematura debido a la gran accesibilidad de la información, la falta de movilidad al estar más tiempo en casa y hacer menos deporte y, por último, el deterioro de la salud ocular por la sobrexposición.

Límites establecidos

El estudio apunta, además, que poner límites en el uso de las pantallas es una medida generalizada, puesto que el 84% de las familias aplica algún tipo de regla, una tendencia al alza con respecto al 81% del año anterior. Mientras, el 15% afirma no establecer ningún tipo de regla. «Si el niño aprecia la tecnología como un premio a un buen comportamiento o actitud será muy difícil educarles en el buen uso de la tecnología —señala Entrala—. Las pantallas se han convertido en la zanahoria de los niños y también en el motivo recurrente de castigo sin usarlas ante malos comportamientos».

Pero, lo cierto, es que según se aprecia en el informe, no hay una pauta común en cuanto a las medidas a palicar. Aún así, entre las más aplicadas por el 72% de los padres destaca el establecimiento de horarios de uso de las pantallas y la que más ha crecido en el último año es la restricción del uso en determinados lugares de la casa, como la mesa de las comidas o la habitación (que ha pasado del 47% al 54%).

También es reseñable que menos de un tercio de los padres controla las contraseñas de sus hijos en redes o el wi-fi. La situación se vuelve aún más compleja en el caso de los padres separados porque reconocen que establecer límites es más difícil por las diferencias de criterio con el cónyuge y los problemas de comunicación entre ambos. Surge la competencia afectiva: «yo no le dejo utilizar el móvil y tú sí, por lo que prefiere estar contigo».

En cualquier caso, si a los niños se les privara del uso de pantallas por un tiempo prolongado los padres encuestados consideran que les generaría aburrimiento, ansiedad o rebeldía y el 3 de cada 4 progenitores está convencido de que su hijo encontraría una actividad alternativa.

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