Cartas del Lector

Luego de 54 años

A 54 años de la revuelta de abril de 1965, todavía conservo lo memorioso de algunos actores de esa contienda. Y, digo memorioso, porque lo que se entiende como memoria histórica en su acepción patriótica y revolucionara, se ha resquebrajado.

Era un chiquillo que a veces andaba descalzo y todo el tiempo en pantalones cortos, cuando hube de llevar un almuerzo a aquel soldado del Ejército Nacional llamado “Chichilo”, oriundo de Barahona. Estaba a cargo de uno de dos cañones de los que estaban ubicados en la cabecera occidental del hoy, puente Duarte. Luego de que lo aviones del CEFA vomitaran ráfagas, nunca más supimos de él.

Como nunca había contemplado un caos y escena tan dantescos, cuando llegué corriendo a mi humilde hogar, en ese entonces localizado en las inmediaciones del sector, hubo que reanimarme; sí que estaba asustado y nervioso.

Pocos días después, al levantarme una mañana, vi aquel extraño militar, de tez oscura, espigado y con más de seis pies de altura; luciendo del lado izquierdo de su chaqueta, el apellido Jhonson. Habían intervenido el país, los marines norteamericanos. Al mirar al otro extremo donde él se encontraba, a una distancia de unos 50 pies, vi a otro en la acera de enfrente, vestido de forma similar.

Se trataba del sargento Flores, oriundo de Puerto Rico. Era de pequeña estatura; con cara de niño, pelo lacio, y siempre estaba sonreído. En mi inocencia de entonces no entendía el por qué uno era norteamericano y otro puertorriqueño.

Es decir, no me explicaba el que fueran de diferentes naciones.

Ya estando aquí en Nueva York, por vía de un viejo combatiente de entonces, me enteré de que “Chichilo” de quien no recuerdo su nombre de pila, había caído en la batalla escenificada en el antiguo cementerio de la Máximo Gómez, en la parte norte de la capital. Sobrevivió al ataque de los aviones en el puente Duarte, pero cayó en el crucial enfrentamiento del cementerio.

También aquí, trabajando como seguridad en una tienda ubicada en la Quinta Avenida, luego de dejar el reporterismo; alguien me informó que el sargento Flores estaba vivo y que vivía en su natal, Aguadilla, en Puerto Rico. Ese dato se me ofreció a finales de los años 90. Me lo informó otro boricua compañero de trabajo en ese establecimiento. Sobre Jhonson, no sé cuál fue su destino.

Estos son recuerdos de aquel entonces, y como he dicho, sólo los rememoro, sin detallar nada más. Porque en verdad, como dije antes, lo que se pretende sea nuestra memoria histórica sobre ciertas hazañas y sucesos, sólo se inscribe en la nostalgia. Porque a 54 años, y este es mi criterio, seguimos en las mismas. Prácticamente, no nos sirvieron de nada.

Por: Fernando De León

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