Columnas

Obituarios de la máxima autoridad sanitaria

Por: Luis Garcia

Históricamente, el mundo ha caminado en un constante avance, entre otras cosas, motivado a que la especie humana ensaya, aprende y termina corrigiendo sus propios errores, intentando no repetirlos en el futuro.

En una parte de los humanos, ese dinámico proceso de aprendizaje se adquiere rápidamente, pero a otra le cuesta asumirlo, muchas veces debido a un falso orgullo o un exceso de pura vanidad. Esto último, quizás, porque el ser humano se ha jactado de su sapiencia, a su decir, casi inalcanzable, que hasta le ha permitido ir descubriendo paulatinamente el cosmo y no se cansa de exhibir el supuesto avance de la ciencia.

En el manejo de la pandemia generada por el coronavirus denominado Covid 19, ha humanidad ha tenido que aprender cosas de manera vertiginosa; nadie se ha escapado a su impacto desolador en personas de todas las razas, creencias y edades.

Aunque la República Dominicana figura dentro de los países de mejor manejo en América Latina, gracias a una adecuada gestión de la Comisión de Alto Nivel para la Prevención y el Control del Coronavirus, no se logra entender el papel de vocería de la máxima autoridad de salud.

Una buena gestión de crisis sanitaria implica, necesariamente, evitar la sobreexposición de la autoridad del sector. Una vez, llega, el ministro de Salud debe anunciar los primeros casos de una epidemia, dado que se habrá creado tanta expectativa alrededor de los mismos que amerita de su presencia.

De ahí en adelante, los manuales de buenas prácticas recomiendan prudencia para no verse día a día contando la evolución numérica de enfermos. Resulta importante dosificar su presencia para utilizarla en los momentos críticos o políticamente correctos.

Que se le vea en acción, pero que no se le espere cada día para saber cuántos enfermos o muertos “van ya’’.

Los técnicos también pueden dar la información.
Eso sí, hay que asegurar cada día, un boletín noticioso, no solo epidemiológico, que resalte la evolución de la enfermedad en el país, sino que incluya, además de los datos, algún tema importante relativo a la salubridad comunitaria.

Al comienzo será diario, pero su frecuencia dependerá de la evolución del número de casos y del interés público.

Otra cuestión a tomar en cuenta es no estigmatizar a las personas que contraigan la infección; en aquellos casos en que se hayan dado nombres, cuidar en la profundización de detalles, debido a que cada individuo tiene derecho a su privacidad.

Una de las recomendaciones de la comunicación de riesgo y emergencia consiste en tener empatía con la población, es decir, ponerse en el lugar del otro.

En este sentido, se recomienda no permitir fotografías ni filmaciones dentro de los centros hospitalarios, que son de todos los ciudadanos. El derecho de la persona está por encima de la libertad de prensa.

En un mundo globalizado, hay que tomar en cuenta el tema de los controles en los puertos de entrada y salida. Las enfermedades llegan y se exportan, cuestión que resulta comprensiva en los Estados.

Durante las conferencias de prensa se debe recurrir a una terminología médica sencilla, comprensible por la población, para referirse a las personas. Por ejemplo, hablar de enfermos, no de infectados o contagiados. Las personas se enferman de coronavirus, no se infectan.

En general, haría bien el ministro Sánchez Cárdenas en no continuar siendo un vocero de obituarios, sino dedicarse a lo que hizo en los últimos días: trabajar en acciones de control del Covid 19 que hace rato circula entre nosotros.

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