Cultura

Octubre de 1937: el ‘corte’ sangriento que aniquiló a miles de haitianos en RD

El 2 de octubre de 1937 parecía un día más bajo la cruel tiranía de Rafael Leónidas Trujillo. El país llevaba ya siete años hundido en la opresión, y la vida discurría por el mismo trajinar cotidiano.

En realidad, muchas cosas habían pasado desde 1930: el asalto violento al poder, la represión a los opositores, el ciclón de San Zenón, la creación del Partido Dominicano, Santo Domingo trocado en Ciudad Trujillo, la consolidación de la fuerza entronizada en el poder. El tirano había logrado su primera reelección en 1934, pero no podría lograr otra en 1938.

La razón fue un genocidio. Octubre del 37′ -hace ya 83 años- fue el comienzo del exterminio. El día 2, estando en Dajabón y otros puntos fronterizos, el tirano impartió la orden de aniquilar a los haitianos que estuvieran en el país -y especialmente a los “cuatreros” de la frontera.

Las quejas habían llegado a las autoridades locales, dando cuenta de que los cuatreros robaban ganado y ponían en zozobra a los dominicanos. Es más: reportaban que los vecinos también estaban robando tierras fronterizas. El gourde era la moneda oficial y de uso corriente en la división fronteriza. El créole andaba de boca en boca, y la negritud haitiana teñía la zona. (La masacre no estuvo exenta de prejuicios raciales.) La intelligentsia oficial pensaba que los haitianos estaban reviviendo el viejo y anhelado sueño de que la “isla es una e indivisible”.

La ‘operación corte’ inició, pues, con la aniquilación masiva de haitianos hasta extenderse por los próximos días. La matanza arrancaba una pronunciación sangrienta: los haitianos debían decir la palabra “perejil”. Si se equivocaban, el ‘corte’ caía sobre ellos como una poderosa guillotina, y eran degollados a machete limpio y ensangrentado. Por ello la campaña se llamó también la ‘Masacre del Perejil’.

El tirano vertió su furia antihaitiana pero hizo una excepción. En efecto, respetó la vida de los braceros haitianos que trabajaban en los ingenios azucareros propiedades de estadounidenses. Esos quedaron a salvo, mientras sus compatriotas eran devorados por el ejército dominicano o tenían que huir. Los cadáveres permanecían tirados en el suelo. La hecatombe fue terrible.

Aún se discute la cantidad de muertos. Los cálculos van desde los 2,000 hasta los 10,000 y 15,000. No es el lugar para entrar en esa interminable discusión. Solo quiero recomendar un libro: “Sangre en las calles” de Albert Hicks.

El genocidio se resolvió en las altas esferas del poder. Trujillo envió a su emisario Anselmo Paulino a negociar con el Gobierno haitiano, y se llegó a un arreglo. El Gobierno dominicano se comprometía a pagar la suma de 750,000 dólares en partidas anuales de 150,000 durante cinco años. Sin embargo, el régimen trujillista actuó y logró que ese monto se redujera a 525,000 dólares. Al final, los familiares de las víctimas no recibieron los fondos pagados, puesto que la burocracia haitiana se los tragó.

El sátrapa tuvo que dejar el poder nominal y poner como presidente a su títere Jacinto Bienvenido “Mozo” Peynado, quien “gobernó” hasta su muerte en 1940. Entonces ascendió otro pelele: Manuel de Jesús “Pipí” Troncoso de Concha, quien completó el período hasta 1942. Trujillo regresó al poder nominal por los próximos diez años. Es más: ni siquiera esperó el 16 de agosto para juramentarse, y asumió pocos días después de las amañadas elecciones de ese año.-

Por: El nuevo diario

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