Columnas

Primavera dominicana

Por: Carlos Manuel Estrella

Los jóvenes de negro, que iniciaron una protesta pacífica diaria en la Plaza de la Bandera luego de las abortadas elecciones del 16 de febrero, se han constituido en la principal esperanza de cambio democrático, transparencia y reencauzamiento político del país.

Sus demandas ya son reclamo colectivo nacional y de la diáspora con tal trascendencia que no necesitan endoso de partido alguno porque promueven el apartidista, sin protagonismo individualista, tolerancia, creatividad espontánea y respeto a la libertad personal dentro de la diversidad. Constituyen ejemplo, han ganado admiración por el carácter pacífico de sus reclamos, organización, disciplina, limpieza, solidaridad y, en fin, por ese despertar generacional que ya no es esperanza del futuro sino actor principal del presente como ha sido la fuerza juvenil en toda la historia.

Su hazaña no debe quedar ahí. Y ellos están conscientes y por eso demandan explicaciones y respuesta creíble al qué pasó el 16F, quiénes son responsables y cuál es el régimen de consecuencias que implica para comenzar a desterrar la impunidad como protección a la criminalidad oficial.

¿Y después? Es necesario el compromiso político para que el éxito inicial de esta extraordinaria demostración de los jóvenes de negro no se quede en catarsis o desahogo, sino que se traduzca en acciones de liderazgo político potencial para que al fin se someta la autoridad a su propia legalidad.

Tal como ocurrió con la demanda de amarillo por el 4% para la educación, ahora se requiere de un contrato o pacto social con los candidatos que les obligue, cual que sea el próximo presidente de la República, a encauzar ese sentimiento colectivo como gestión pública a partir de agosto.

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