Columnas

Rafael Ciprián: Derecho y progreso

La sociedad que tiene la dicha de que su sistema jurídico sea respetado con fidelidad a sus principios, valores y reglas está condenada a ser libre, parafraseando a Jean Paul Sartre, y a progresar rápidamente. Y empleamos el verbo progresar en su mejor connotación, diferente a crecimiento. No son lo mismo, aunque muchos políticos no les ven diferencia. El pueblo, como siempre, paga caro ese garrafal error de sus gobernantes.

Ciertamente, el concepto progreso, aplicado a una nación, tiene un alcance superior y más humanizante que el de crecimiento. Prueba de ello es que un país puede alcanzar altos y hasta altísimos niveles de crecimiento sin que con esto se dé por sentado que ha logrado un nivel elevado de progreso o desarrollo.

Esto así porque el crecimiento de un país se mide con índices eminentemente tecnocráticos, ceñidos a los niveles de producción de bienes y servicios, su fortaleza y estabilidad macroeconómica, el superávit en la balanza de pago, las cantidades que arrojan los cálculos del ingreso percápita, entre otros factores.

Pero el progreso de una nación, que depende esencialmente de cada uno de esos factores, que tipifican el crecimiento, se refiere al grado de satisfacción y seguridad de los seres humanos. Esto es, que las personas integrantes de la sociedad tengan asegurada la satisfacción de sus principales necesidades materiales y espirituales, que incluye dignidad humana, libertad, alimentación, educación, vivienda, salud, trabajo, diversión, seguridad ciudadana, transporte público, entre otros derechos humanos y fundamentales. Así las cosas, el progreso de un país se relaciona con el factor humano positivo, pero el crecimiento es su potencia económica y militar.

Es por eso que el progreso de un país mantiene una dependencia directa de la efectividad que tenga su sistema jurídico. Si su ordenamiento constitucional y adjetivo es respetado, entonces poseerá un sistema jurídico sano, que garantizará los derechos fundamentales, otorgará seguridad a los inversionistas y sus capitales, y las personas cumplirán con sus deberes y obligaciones ciudadanas.

Nos engañamos cuando creemos en el crecimiento al margen del progreso real. Afirmamos que un país puede alcanzar un envidiable crecimiento económico, sin que esto necesariamente represente un desarrollo o progreso social.

La concentración de capitales en este mundo globalizado y de liberalización de mercados, en que unos pocos ricos, de países desarrollados, se hacen cada vez más opulentos y, en las naciones atrasadas, la inmensa mayoría de pobres se hunden más en la miseria, no hay progreso.

Por: Rafael Ciprián

Comentarios para este artículo

Otros Artículos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba