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¡Se enfadó con la policía! Mira lo que pasó después


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Hay momentos en los que la adrenalina te nubla el juicio y sientes que tienes que impartir justicia motera por tu propia mano. Ese coche te ha cerrado, no ha puesto el intermitente o simplemente te ha mirado mal, y tú, en un arranque de furia cinematográfica, decides que su retrovisor sobra.

Le das el golpe, sientes el crujido del plástico, te sientes el rey de la carretera y te preparas para acelerar hacia el horizonte como un héroe de acción. Pero entonces, el universo decide gastarte la broma más pesada de tu vida: el coche no pita, ni te insulta… simplemente enciende un festival de luces azules y rojas que iluminan hasta tus pecados de la infancia.

​Estamos ante el «Protocolo de Arrepentimiento Supersónico»: esa milésima de segundo en la que tu corazón baja de las 12,000 revoluciones a cero de golpe. Es el espectáculo de la ironía policial: ver cómo el coche que acabas de vandalizar se convierte en la unidad de tráfico más rápida de la provincia, demostrando que tu puntería para elegir víctimas es exactamente la misma que tu suerte para evitar las multas.

Has pasado de ser un forajido indomable a ser un ciudadano muy educado que busca desesperadamente un lugar donde detenerse y ensayar su cara de «yo no he sido, es que se ha caído solo».

​Al final, comprendes que no todos los héroes llevan capa, y no todos los civiles son civiles. Porque sentirte el más duro del asfalto está muy bien para las fotos de Instagram, pero romperle el espejo a un coche camuflado es, sencillamente, la jugada maestra del destino para recordarte que, antes de sacar el puño a pasear, deberías comprobar si el conductor lleva uniforme o si el maletero tiene luces estroboscópicas.