Editoriales Invitados

Una realidad engañosa

En el combate mundial contra el coronavirus la realidad no es, a menudo, la que creíamos ver. Cuando se dan por aplanadas las curvas de su contagio, el impredecible Covid-19 reaparece como El Cid Campeador de la historia, que tampoco tiene tanto de realidad.

De ese modo, nos vemos enfrentando a un microscópico bicho que nos juega muchas bromas pesadas, porque al principio se le presumía como un aerosol que viajaba por el aire a cualquier lugar del planeta, y de ahí que se desencadenara una frenética carrera de combatirla a través de gases desinfectantes.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) descartó esa forma de transmisión y desestimó como útil, inclusive, el mecanismo de la desinfección tal como lo hemos visto en las calles de muchas ciudades del mundo, entre ellas, las nuestras.

Después supimos que el virus, en realidad, se trasmite por gotículas expulsadas en los estornudos o estallidos de tos y por saliva de humanos, y la OMS recomendó entonces a los infectados que se colocaran mascarillas para evitar contagiar a otros.

En ese momento tal precaución no estaba recomendada a los “sanos”. De pronto la orden cambió y se ordenó su uso obligatorio a todo el mundo. Muchos países ignoraron el mandato, haciendo galas de que sin las mascarillas habían logrado frenar el contagio.

La otra realidad engañosa es la de que, una vez aplanada la curva de contagios, en base a unas cifras de casos que luego se reputaron subestimadas y poco confiables, varios países asumieron “volver a la normalidad”. Y el Covid-19, muerto pero no sepultado, apareció otra vez, más agresivo y mortal.

En los esfuerzos por contenerlo mediante fármacos y vacunas existentes para tratar otras enfermedades, nos topamos también con realidades engañosas y con infinidad de “falsos positivos” o diagnósticos equivocados, que trajeron más confusión y desconcierto.

Lo único que queda claro, frente a esta infinidad de experimentos, es que el coronavirus no ha sido totalmente dominado ni parece que lo será por muchos años. Que no era una inocua “gripecita” ni que los algoritmos de la inteligencia artificial han sido capaces, al ciento por ciento, de descubrir sus misteriosas veleidades.

Y lo recomendable, mientras tanto, es combatirlo con nuestras propias intuiciones, cada cual poniendo a reguardo su propia vida y asumiendo las acciones preventivas y de cuidado personal para saber que el distanciamiento físico es una regla de oro hasta ahora confiable.

Y no dejarnos atrapar por las falsas expectativas ni por “realidades” que no eran tales.

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