Opinión

Latinoamérica le pone candados a su propia riqueza

La región necesita recuperar la capacidad de pensar en horizontes de largo plazo, reconstruir la confianza en las instituciones y reencontrar el sentido del interés común.


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Por: José Miguel Vásquez García

América Latina es una región extraordinariamente rica en recursos naturales, talento humano, ubicación geográfica y potencial económico. Sin embargo, continúa mostrando enormes dificultades para transformar esas ventajas en desarrollo sostenido, bienestar colectivo y liderazgo internacional.

Por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, la región vuelve a convertirse en un escenario de disputa geopolítica. Las grandes potencias reorganizan sus estrategias económicas, tecnológicas y militares, mientras América Latina observa desde la periferia, atrapada en conflictos internos que consumen energías y limitan su capacidad de proyectarse como un actor relevante del sistema internacional.

Pero quizás la pregunta más inquietante no sea qué están haciendo las grandes potencias, sino qué está ocurriendo dentro de nuestras propias democracias.

¿Qué está pasando con la reserva intelectual y humana llamada a dirigir nuestros países? ¿Qué ocurre con la cantera de liderazgos de sociedades capaces de producir científicos, médicos, ingenieros, juristas, académicos y empresarios de primer nivel, pero que parecen cada vez menos representadas en la conducción política de los Estados?

América Latina produce profesionales altamente competitivos que triunfan dentro y fuera de la región. Sin embargo, cuando se observa el escenario político, frecuentemente se percibe una disminución de la calidad del debate público y una creciente dificultad para atraer hacia la función política a los sectores mejor preparados de la sociedad.

El retrato de esta realidad puede apreciarse en diversos países de la región. Perú, Colombia, Argentina, Ecuador, Brasil, Panamá, Guatemala, Honduras, El Salvador y Bolivia han experimentado crisis institucionales, procesos judiciales contra exgobernantes, acusaciones de corrupción, confrontaciones políticas permanentes y crecientes niveles de desconfianza ciudadana.

Más allá de las diferencias nacionales, el resultado ha sido un clima político que desalienta la participación de profesionales y líderes sociales que podrían contribuir al fortalecimiento institucional.

La pregunta entonces no es únicamente quién gana las elecciones. La verdadera pregunta es quiénes están dispuestos a participar en ellas. Y, más importante aún, ¿por qué los mejores talentos de nuestras sociedades parecen cada vez menos interesados en asumir la conducción política de sus países?

Mientras la ciencia, la empresa, la tecnología y las actividades profesionales ofrecen estabilidad, reconocimiento y oportunidades de desarrollo, la política aparece cada vez más asociada al desgaste permanente, la exposición pública, la confrontación constante y la desconfianza social. En muchos casos, la actividad política ha dejado de percibirse como una vocación de servicio para convertirse en un terreno de riesgo personal y profesional.

De los casos más emblemáticos del momento pueden citarse Perú, Colombia y Bolivia. Pero el debate de fondo no consiste en determinar si debe gobernar la derecha o la izquierda. La verdadera cuestión es otra: ¿hacia dónde pretenden conducir sus sociedades? ¿Cuáles son los valores, principios y objetivos nacionales que servirán de guía para las próximas generaciones?

Las naciones no prosperan simplemente porque un sector político derrota a otro. Prosperan cuando son capaces de construir consensos mínimos sobre educación, institucionalidad, productividad, seguridad jurídica, innovación y desarrollo humano. Sin embargo, en buena parte de América Latina la confrontación política ha sustituido la planificación estratégica, y la disputa por el poder ha desplazado la discusión sobre el destino colectivo.

Fuente: Acento