Opinión

Crónica de un paisaje herido


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Una llovizna de tristeza empapa el regazo de la paz, resquebrajada por la violencia. Es una lluvia luctuosa sobre un lienzo que antes fue impecable y hoy destiñe sangre y duelo; un llanto pertinaz que agita la quietud del mar. Las olas ya no encuentran el rumbo a ese Caribe de ensueño donde las arenas eran dóciles.

Ahora, una neblina cae con saña y quema las copas desnudas en Los Haitises y la Sierra de Bahoruco. Un viento voraz despoja de fertilidad a la Vega Real, que rinde su corona de esplendor ante la destrucción.

Es un rocío con sabor a vinagre, un llanto grisáceo que el cielo comparte para calcinar lo que el viento deshace. Las nubes de azufre dibujan el paisaje de una época que agoniza, donde el agua pura se ha vuelto el castigo de cada rincón.

En el Pico Duarte las aves guardan silencio y esconden las alas. La tierra devora gotas extrañas en un bosque de ramas desnudas que solo espera el final. Mientras los ríos se tornan de lodo y los ecos se quiebran en los valles, el hombre contempla tras el cristal cómo el mundo se convierte en un desierto de sal. Sin refugio ni clemencia, esta lluvia es el peso de la negligencia: un manto cenizo que borra el ayer y ahoga los brotes que insisten en nacer.

Arden los bosques con terror y sin contemplación. Los ríos se secan bajo el yugo de la ambición, dejando en sus cauces solo pestilencia y contaminación; allí donde lo potable dejó de existir, hoy solo habita la desolación.
Oh, Ozama, Isabela, Higuamo, Yaque… Por sus arterias corre un veneno cruel que los desangra sin tregua ni antídoto. El reflejo de residuos lúgubres en sus aguas revela el rostro sufrido de unos ríos sin destino.

Gritan los pinares en el olvido, recluidos en la unidad de quemados de la sinrazón. No habrá otoño de hojas caídas, ni primavera de verdor y esplendor; solo quedará el rastro de una añoranza sin devoción. Lomas vacías y en soledad ofrecen un espectáculo de desilusión que pronto se olvidará, mientras los suspiros y lamentos afloran en aquellos que aún sienten por la vida y la verdad.

Fuego que avanza sin tregua y manos crueles que desoyen el llamado de la conciencia, destruyendo el santuario natural de tantas especies. Son corazones incapaces de conmoverse; perdieron toda sensibilidad en cada incendio que provocaron sin el más mínimo remordimiento.

¡Despierta, Quisqueya! Detengamos ya a las mentes sin corazón que dejan sin futuro a la siguiente generación. Demos un paso adelante para apagar la ambición de aquellos que se llevan, entre sus uñas, la belleza de la creación. No seamos indiferentes ante la desolación que consume los recursos naturales de esta hermosa nación. Cumplamos con el deber de proteger y de hacer renacer gritos de exclamación: ¡No hay tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto! Quisqueya la bella volvió a florecer.

ANGEL GOMERA
Abogado
Santo Domingo de Guzmán

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