A 96 años del devastador huracán San Zenón en Santo Domingo

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RESUMEN
SANTO DOMINGO, RD- El 3 de septiembre de 1930, la ciudad de Santo Domingo amaneció con vientos sostenidos superiores a los 240 kilómetros por hora, el huracán San Zenón golpeó la capital dominicana durante más de cuatro horas, devastando por completo su infraestructura urbana y dejando una estela de muerte y desolación que cambiaría para siempre el rumbo del país.
Su formación fue detectada el 29 de agosto al este de las Antillas Menores, y alcanzó la República Dominicana con la fuerza de un huracán categoría 4 en la escala Saffir-Simpson. Posteriormente, impactó a Cuba y a los estados de Florida y Carolina del Norte en Estados Unidos, aunque con menor intensidad.
El huracán ingresó por el sur de la isla, barriendo la franja costera y penetrando con furia ciega hacia el interior urbano. Para la época, gran parte de las edificaciones de Santo Domingo eran de madera, zinc y mampostería frágil, materiales que no resistieron la presión de los vientos huracanados ni las torrenciales lluvias desatadas.
En cuestión de minutos, barrios enteros quedaron reducidos a pilas de escombros. Los árboles fueron arrancados de raíz, los postes de luz colapsaron dejando a la ciudad en tinieblas, y el río Ozama desbordó su cauce, arrasando con las humildes viviendas de sus riberas y ahogando a cientos de personas que buscaban desesperadamente escapar de la furia de las aguas. Las estimaciones oficiales y los reportes de la época calcularon cerca de dos mil muertos y más de ocho mil heridos, cifras escalofriantes para una capital que apenas bordeaba los 70 mil habitantes.
Lo que convirtió a San Zenón en un hito histórico no fue únicamente su trágica magnitud natural, sino la fatídica coincidencia temporal con el escenario político nacional. El huracán azotó la capital apenas 17 días después de que Rafael Leónidas Trujillo fuera juramentado como presidente de la República.
Trujillo asumió personalmente el control de las operaciones de rescate, militarizando la ciudad, imponiendo la ley marcial y movilizando a la escasa fuerza pública bajo una férrea disciplina. Mientras los ciudadanos removían los escombros con sus propias manos para rescatar a familiares y buscar a los desaparecidos.






