Brasil sobrevive como el Real Madrid en los tiempos de Ancelotti

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RESUMEN
Por Fernando Kallas
29 jun (Reuters) – Carlo Ancelotti lleva semanas advirtiendo de que la garra y la resistencia serán decisivas en un Mundial largo y complicado. A juzgar por lo visto, Brasil le ha hecho caso, aunque durante gran parte del partido frente a Japón pareció decidido a poner a prueba esa teoría hasta el límite.
Se podría argumentar que esto no fue simplemente una victoria de Brasil por 2-1. Pareció una producción típica de Ancelotti: control, titubeos, problemas autoinfligidos y luego, cuando la lógica ya se disponía a hacer las maletas para la prórroga, un acto de rebeldía en los últimos compases que tuvo tanto que ver con el corazón como con el tablero táctico.

Ancelotti sabe muchos torneos largos y complicados por sus años en el Real Madrid. Sus mejores equipos del poderoso club español no siempre fueron impecables, pero tenían algo más peligroso que la perfección: la certeza de que la historia nunca se acababa.
Las similitudes son difíciles de pasar por alto.
En 2022, el Real se remontó con fuerza ante el París Saint-Germain, el Chelsea y el Manchester City en su camino hacia la conquista de la Liga de Campeones, sobreviviendo a situaciones que parecían irremediables hasta que, de repente, dejaron de serlo.
No siempre fue un camino fácil, ni mucho menos. Pero resultó brutalmente eficaz, impulsado por el templo competitivo, la claridad en medio de caos y la negativa a aceptar el desenlace obvio. Incluso cuando no tenía sentido.
Brasil tuvo durante mucho tiempo ese mismo aura en la Copa Mundial. Cada cuatro años, el torneo parecía convertirse en su propiedad, su escenario, su hábitat natural. Al igual que el Real Madrid en la Liga de Campeones, no se limitaban a jugar en él. Lo ocupaban. Y siempre existió esa sensación entre los rivales de que había que vencerlos para poder pertenecer a ese mundo.
Frente a Japón, este equipo de amarillo mostraba las dos caras de la moneda de Ancelotti.
Brasil dominó desde el inicio y fue el mejor equipo, pero también quedó al descubierto por errores que parecían predecibles, familiares y peligrosos. Danilo, un lateral que ha jugado en el Real Madrid, el Manchester City y la Juventus, pero que ahora es central y cumplirá 35 años dentro de dos semanas, falló un paso sencillo mientras Brasil intentaba construir el juego desde atrás.
LA VIEJA GUARDIA DE CONFIANZA
Casemiro, otro de los veteranos de confianza de Ancelotti, fue incapaz de seguir el ritmo de un jugador japonés en velocidad, lo que nos recuerda que la experiencia puede aportar autoridad, pero no siempre agilidad. Durante un rato, Brasil pareció atrapado entre su pasado y su presente: demasiado grande para entrar en pánico, demasiado imperfecto para sentirse cómodo.
Sin embargo, es aquí donde los equipos de Ancelotti suelen volverse más interesantes. El italiano nunca se ha obsesionado con un dominio estéril. Sus mejores equipos suelen moverse en los márgenes, donde el partido se vuelve emocional, caótico y primitivo.
Y casi en la última jugada, con Japón mirando con ansiedad hacia la prórroga, Brasil encontró su vía de escape. El joven Rayan presionó sin tregua, robó el balón y se lo pasó a Bruno Guimarães, el motor de la máquina de Ancelotti.
Guimarães encontró al suplente Gabriel Martinelli que, abriendo paso entre una maraña de defensas japonesas, remató con esa implacabilidad que aplasta a un equipo y convence al otro de que es el elegido. Para Japón, fue devastador. Para Brasil, fue algo parecido a una redención.
Este no fue el Brasil más bonito ni el más completo. Pero los Mundiales rara vez se ganan por la pureza. Como recordó Ancelotti, los ganan los equipos que superan sus malos momentos, asumen sus propios errores y siguen creyendo que aún les queda un momento más.
Ancelotti ya ha visto esa película antes. Ahora Brasil está intentando hacerla suya.
(Reporte de Fernando Kallas; edición en español de Manuel Farías)
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