Opinión

La corrupción versus los servicios públicos


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La corrupción administrativa suele expresarse mediante cifras: contratos sobrevaluados, pagos irregulares, obras inconclusas o bienes que nunca fueron entregados. Sin embargo, su consecuencia más grave no aparece completamente en las auditorías. Se encuentra en el deterioro cotidiano de los servicios que sostienen la vida y la dignidad de las personas.

Cuando se desvían recursos destinados a salud, desaparecen medicamentos, equipos y oportunidades de tratamiento.

Cuando se manipulan las contrataciones educativas, las escuelas reciben alimentos deficientes, mobiliarios inservibles o edificaciones inseguras. Cuando la corrupción alcanza el suministro de agua, la recogida de basura o el transporte público, las comunidades deben pagar más por servicios que el Estado tenía la obligación de garantizar.

Una ambulancia que no llega, una carretera que se deteriora pocos meses después de ser inaugurada o una familia que espera años por una vivienda revelan que la corrupción no constituye solamente un delito contra el patrimonio estatal. También puede vulnerar derechos fundamentales.

Sus efectos tampoco se distribuyen de manera igualitaria, quien posee recursos puede acudir a una clínica privada, pagar un colegio, comprar agua o contratar transporte. Quien depende exclusivamente de los servicios públicos debe soportar sus deficiencias. Por eso, la corrupción castiga con mayor dureza a las personas pobres y profundiza desigualdades que el Estado debería reducir.

También destruye la confianza, cuando el ciudadano comprueba que necesita una conexión política para obtener una cita, acelerar un trámite o acceder a una ayuda pública, deja de percibir el servicio como un derecho y comienza a verlo como un favor. Entonces la institucionalidad retrocede y el clientelismo ocupa su lugar.

No toda deficiencia demuestra corrupción, algunos servicios fallan por mala planificación, limitaciones presupuestarias o falta de capacidad técnica. Pero cuando los contratos benefician reiteradamente a determinados intereses y los resultados no guardan relación con el dinero gastado, la sospecha exige investigación y consecuencias.

Combatir esta realidad requiere compras transparentes, supervisión de la calidad, trazabilidad del gasto, participación ciudadana y sanciones oportunas. No basta comprobar que el Estado pagó. Es necesario verificar que el bien llegó, funciona y satisface la necesidad que justificó su adquisición.

En síntesis, la corrupción comienza en una decisión administrativa, pero termina en una cama hospitalaria vacía, un aula deteriorada o un hogar sin agua. Su costo no se calcula solamente en millones desviados, sino en derechos negados y vidas obligadas a esperar. La corrupción debilita la calidad de los servicios públicos.