Opinión

La historia no se defiende con fantasmas.


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Por:  Giovanni Matos                                                                                                                                                Director del El Veedor Digital

La enseñanza de la historia dominicana debe ser objeto de vigilancia permanente. Ningún libro escolar, por prestigiosos que sean sus autores, puede considerarse sagrado, infalible o exento de revisión. Sin embargo, una cosa es examinar críticamente un texto, identificar errores y proponer correcciones, y otra muy distinta es desacreditarlo mediante acusaciones generales que no estén acompañadas de pruebas. En la controversia provocada por la Asociación Dominicana de Profesores ADP sobre los libros de Ciencias Sociales del programa Libro Abierto, la respuesta del historiador Roberto Cassá merece ser respaldada.

La ADP sostiene que esos textos “desnaturalizan la historia dominicana” y promueven una supuesta fusión entre la República Dominicana y Haití. Se trata de una imputación extremadamente grave. Precisamente por su gravedad, tenía que sustentarse con citas textuales, páginas, unidades, conceptos, mapas y orientaciones pedagógicas que demostraran semejante propósito. No basta con agitar el temor de una fusión para convertir una sospecha ideológica en una verdad académica. La historia no se defiende con fantasmas, sino con documentos, fuentes y argumentos verificables.

Cassá, historiador de reconocida trayectoria y director del Archivo General de la Nación, respondió que las objeciones formuladas por la dirigencia de la ADP están plagadas de falacias e inconsistencias. Su defensa no descansa únicamente en su autoridad intelectual. Explica que los libros fueron elaborados conforme al currículo educativo vigente, bajo criterios metodológicos definidos y con la participación de equipos pedagógicos, investigadores, editores y especialistas. En el libro de Ciencias Sociales de quinto grado, por ejemplo, figura como coordinador general y autor de los contenidos, acompañado por un equipo pedagógico y de investigación. La obra incluye referencias de la Academia Dominicana de la Historia, el Ministerio de Educación y destacados historiadores nacionales.

Los contenidos señalados por Cassá contradicen, además, la acusación de que se pretende borrar la identidad dominicana. Los textos estudian las luchas patrióticas, el proceso de formación de la nación, la dominación haitiana iniciada en 1822, la proclamación de la República el 27 de febrero de 1844, la defensa de la independencia y las invasiones posteriores. También examinan la Anexión a España y la Guerra de la Restauración, acontecimientos sin los cuales sería imposible comprender la voluntad soberana del pueblo dominicano.

Por tanto, presentar esos libros como instrumentos de una conspiración fusionista no constituye todavía una crítica histórica: es una afirmación política que debe ser demostrada. Estudiar la existencia de Haití, las relaciones entre los dos Estados y los procesos compartidos en la isla no equivale a negar la independencia dominicana. La geografía no elimina la soberanía. Dos naciones pueden compartir una isla y, al mismo tiempo, conservar historias, identidades, instituciones y proyectos nacionales diferentes. Ocultar a Haití tampoco fortalecería nuestra dominicanidad; solamente produciría estudiantes incapaces de comprender la compleja realidad fronteriza y caribeña.

Los libros también abordan la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, la lucha democrática, la Revolución de Abril de 1965 y los problemas sociales contemporáneos. Esa amplitud resulta necesaria porque la historia nacional no terminó en 1844. Enseñar únicamente batallas, héroes y fechas convertiría el pasado en una vitrina de estatuas inmóviles. La historia debe explicar también las desigualdades, las dictaduras, las intervenciones extranjeras, los movimientos sociales, las resistencias populares y los conflictos que contribuyeron a formar la sociedad dominicana actual.

Esto no significa que los textos deban quedar fuera de toda evaluación. Por el contrario, el Ministerio de Educación debería establecer una comisión plural de historiadores, docentes, pedagogos y representantes de la ADP para revisar cada señalamiento concreto. Si existen errores de fechas, interpretaciones discutibles, omisiones importantes o actividades pedagógicas inadecuadas, deben ser corregidos. El conocimiento histórico avanza mediante la discusión razonada, no mediante la obediencia ciega. Pero quien acusa tiene la obligación intelectual de presentar evidencias.

La ADP desempeña una función esencial en la defensa del magisterio y de la educación pública. Precisamente por esa responsabilidad, su dirigencia debe actuar con mayor rigor. Una organización compuesta por educadores no puede sustituir el análisis documental por consignas capaces de generar alarma social. Antes de condenar una colección completa, debió convocar a sus profesores de Ciencias Sociales, examinar los libros página por página y publicar un informe técnico. De lo contrario, corre el riesgo de debilitar su propia credibilidad y desviar la atención de los graves problemas que sí afectan al sistema educativo.

La posición de Roberto Cassá merece apoyo porque reclama que el debate regrese al terreno del conocimiento. Defender la identidad dominicana no consiste en fabricar amenazas, sino en enseñar nuestra historia con profundidad, espíritu crítico y respeto por las fuentes. El patriotismo que teme a los libros termina siendo una forma de inseguridad nacional. En cambio, una nación que conoce sus luchas, reconoce sus errores y comprende a sus vecinos puede defender su soberanía sin recurrir a tergiversaciones.

La ADP conserva el derecho de cuestionar los textos, pero tiene el deber de probar sus acusaciones. Hasta que presente evidencias verificables de la supuesta desnaturalización histórica o del alegado proyecto fusionista, la respuesta de Cassá aparece como la posición más coherente y responsable. La historia dominicana debe ser defendida, ciertamente, pero primero debe ser estudiada. Y estudiarla exige menos estridencia, menos sospechas y mucha más verdad.

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