Opinión

La inteligencia artificial impacta la robótica


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Por: Ysaias J. Tamarez

Partiendo de lo que todos hemos consumido a través de las diferentes redes sociales sobre la segunda edición de los Juegos Mundiales de Robots Humanoides, este artículo de investigación y análisis se ha enfocado en los aportes de la inteligencia artificial a esa rama tecnológica.

La palabra robot nació en el año 1920, en una obra de teatro del checo Karel Čapek que imaginaba trabajadores artificiales fabricados en serie, dos décadas después, Isaac Asimov le dio a esa figura literaria una arquitectura moral con sus tres leyes de la robótica, pensadas para que la máquina nunca pudiera dañar a quien la creó. Entre la ficción y la fábrica mediaron casi cuarenta años y para el 1961, Unimate, el primer brazo robótico industrial, comenzó a mover piezas de fundición caliente en una planta de General Motors en Nueva Jersey, inaugurando una era de automatización que durante seis décadas se mantuvo fiel a un mismo principio, el de la repetición programada. Ese principio es, precisamente, el que la inteligencia artificial ha terminado por desplazar.

Hubo un tiempo, entonces, en que un robot era, ante todo, una promesa de repetición, un brazo que soldaba siempre en el mismo punto, una cinta que clasificaba siempre del mismo modo, una máquina fiel a la instrucción que la precedía. Ese tiempo se agota. Lo que hoy entra en las fábricas, los hospitales, las calles y hasta los hogares ya no repite; observa, corrige y decide dentro de un margen que su fabricante no programó línea por línea. La diferencia no es cosmética, es de naturaleza: la robótica dejó de ser mecánica aplicada para convertirse en un ejercicio de cognición distribuida, y ese giro tiene consecuencias que todavía no terminamos de dimensionar.

El cambio se explica por una convergencia sencilla de nombrar y compleja de sostener. Durante décadas, la robótica avanzó por el lado del cuerpo: motores más precisos, sensores más finos, materiales más livianos. La inteligencia artificial, mientras tanto, avanzaba por el lado de la mente, aunque careciera de manos para ejecutar lo que calculaba. La unión de ambas trayectorias produjo algo distinto de la suma de sus partes: un sistema capaz de percibir su entorno con cámaras y sensores, interpretar esa percepción mediante modelos entrenados en volúmenes de datos que ningún ingeniero podría anticipar caso por caso, y traducir esa interpretación en movimiento físico, corregido en tiempo real. El robot ya no ejecuta un guion; forma una respuesta.

Esa capacidad de respuesta abre, al mismo tiempo, la pregunta por sus límites. Un robot que aprende también puede aprender mal, de datos sesgados, de escenarios de entrenamiento incompletos, de condiciones reales que se apartan de las condiciones simuladas. Cuando ese margen de autonomía se traslada a entornos de alto impacto, vehículos autónomos, robots quirúrgicos, sistemas de seguridad y la pregunta deja de ser exclusivamente técnica y se convierte, inevitablemente, en una pregunta de responsabilidad, quién responde cuando la máquina decide mal y bajo qué criterio se audita esa decisión. Ya en 1960, mucho antes de que la robótica y la inteligencia artificial convergieran, el matemático Norbert Wiener advirtió sobre los sistemas mecánicos cuya operación el ser humano no puede interferir de forma efectiva, insistiendo en que conviene estar seguros de que el objetivo asignado sea «el propósito que realmente deseamos». Seis décadas después, esa advertencia describe con precisión el problema central del robot que aprende, no basta con que la máquina actúe, hay que poder responder por lo que decidió hacer.

La robótica del futuro inmediato no se definirá por lo espectacular de sus movimientos, sino por la calidad de su juicio en los márgenes: en la pieza mal colocada, en el paciente que se mueve en la mesa de operaciones, en el peatón que cruza fuera del paso señalizado. Ahí, precisamente donde la instrucción programada ya no alcanza, es donde la inteligencia artificial demuestra su verdadero aporte y también su verdadero riesgo. Gobernar ese margen con supervisión humana efectiva, con trazabilidad técnica y con responsabilidad institucional claramente asignada será, más que cualquier avance mecánico, la tarea que decida si esta nueva generación de máquinas termina sirviendo al criterio humano o sustituyéndolo sin que nadie lo haya autorizado expresamente.

En este contexto, lo que hasta hace poco era proyección hoy es escena filmada, entre el 22 y el 26 de agosto del presente año, Beijing acogió la segunda edición de los Juegos Mundiales de Robots Humanoides, en el mismo óvalo de patinaje de velocidad construido para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022. Mas de 600 equipos y más de dos mil robots de dieciséis países compitieron en atletismo, fútbol, artes marciales y tareas de servicio, y un humanoide llegó a batir el récord de los cien metros planos que durante años perteneció a Usain Bolt. El espectáculo, con su mezcla de torpeza mecánica y logro técnico innegable, no es lo importante en sí mismo; lo importante es lo que revela sin proponérselo: que el cuerpo artificial capaz de percibir, decidir y corregirse en tiempo real dejó de ser un ejercicio de laboratorio y ya compite, literalmente, en la pista. Lo que sigue en la fábrica, el quirófano, la calle es solo cuestión de tiempo, y de la seriedad con que asumamos, desde ahora, la pregunta por quién responde cuando ese cuerpo se equivoca.

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