Opinión

Un pasaje al pasado


Escuchando artículo…
0:00 / 0:00

Por: Harold Modesto

El sentido del refrán popular: “quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, no quedaba a la capa como para comprenderlo a tan temprana edad. Con los años, me sentía cada vez más atraído por su figura, por las historias de sus inicios en la abogacía, su experiencia como corredor de seguros, sus primeros pasos en el juzgado de paz de Villa Mella y, por supuesto, por haber sido testigo de procesos penales en los que sobresalía su manera de servir, el amor por el país y su valentía.

Era un hombre fuerte, un trabajador incansable. Una vez le escuché decir que amaba trabajar y que deseaba morir haciéndolo. Recuerdo cuando asistía con un yeso en una pierna yo le ayudaba a cargar su maletín mientras subía del parqueo al tribunal porque el reposo no era una de sus prioridades.

El moreno, como me decía, se dio cuenta de que Ríos no era un juez cualquiera. En sus reflexiones acerca del derecho dejaba ver su desprecio por el mal sin remordimientos. Conocía muy bien las fronteras de la ética y solía ponderar con mucha astucia las virtudes de la piedad y la compasión. Cuando llegaron las vistas orales, como medidas anticipadas a la entrada en vigor del Código Procesal Penal, ya era un defensor de las garantías; un dique de contención contra los abusos que, aun teniendo a favor la cláusula del Estado de derecho, pocos jueces pueden emular con esa convicción tan profunda.

Con el paso del tiempo fui trasladado por necesidades del servicio y yo quería otras experiencias; me dejó ir sin protestar, él sabía que se quedaba conmigo. Me gustaba visitarlo en sus tribunales cuando se encontraba activo, al llegar su retiro mantuvimos esa relación de respeto, admiración y afecto por la que se hizo costumbre llamarlo papá mientras él me llamaba hijo. En cualquier lugar, cuando le avisaban que yo lo buscaba, salía con un gesto muy curioso; levantando la cabeza como el que observa en una multitud hasta que algo encuentra.

Me han asaltado muchas reflexiones acerca de su vida, del valor de su consagración y la entrega desinteresada al Poder Judicial. Nunca dio mucha importancia a los aplausos, pero hombres como él no pasan desapercibidos sin importar que el reconocimiento de las instituciones nunca llegue. El magistrado Ríos esparció con amor una semilla que germinó en quienes tuvimos el privilegio de tenerlo cerca. Ayer me regaló su alegría; un pasaje al pasado de forma casi imperceptible, como si tuviera pendiente que se aproxima el Día de los Padres. Confieso, aún me sorprende esa diminuta sonrisa. ¿Cómo puede alguien decir tanto con un movimiento tan leve? Como si quisiera influir en que la vida me sonría de la misma forma.

Otros Artículos

Botón volver arriba