Opinión

Apagones persistentes: energía inestable y el impacto económico en República Dominicana

En distintos puntos de la República Dominicana, los apagones generales y prolongados han vuelto a formar parte de la cotidianidad.


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Comercios que operan a media luz, plantas eléctricas encendidas durante horas y hogares que recurren a velas o inversores dibujan un panorama que muchos creían superado.
La problemática ha generado cuestionamientos hacia la gestión energética durante los gobiernos del presidente Luis Abinader y su partido, el Partido Revolucionario Moderno (PRM), en un contexto donde la demanda eléctrica ha crecido y la tecnología disponible es muy superior a la de décadas pasadas.

Un retroceso percibido:

Para muchos ciudadanos, la situación evoca recuerdos de los años 70, durante la administración de Joaquín Balaguer, cuando los apagones eran frecuentes y el sistema eléctrico operaba con menor capacidad técnica y menor inversión en infraestructura.
La comparación no es casual. La diferencia, subrayan empresarios consultados, es que hoy la economía depende mucho más de la energía continua: centros de datos, comercios digitalizados, sistemas de pago electrónicos y cadenas de frío para alimentos requieren suministro estable.

Golpe a las pequeñas y medianas empresas:

El impacto es particularmente severo en las pequeñas y medianas empresas (pymes). Colmados, talleres, salones de belleza, restaurantes y negocios de servicios enfrentan:
Pérdida de mercancía refrigerada.
Incremento del gasto en combustible para plantas eléctricas.
Daños en equipos por variaciones de voltaje.
Reducción de productividad.
Para un pequeño comerciante, el costo de mantener una planta eléctrica puede significar la diferencia entre sobrevivir o cerrar. En sectores populares, donde el margen de ganancia es limitado, cada hora sin electricidad representa pérdidas directas.

Efecto social y percepción regional

Algunos analistas advierten que la persistencia de apagones prolongados afecta no solo la economía, sino también la percepción internacional del país. En el imaginario colectivo, comienzan a surgir comparaciones con Haití, donde la crisis energética ha sido crónica y ha impactado profundamente el desarrollo económico.
Si bien la realidad estructural de ambos países es distinta, la preocupación radica en que la inestabilidad eléctrica puede erosionar avances logrados en inversión, turismo y confianza empresarial.

¿Problema estructural o coyuntural?

Expertos del sector energético señalan que el sistema eléctrico dominicano arrastra desafíos históricos: pérdidas en distribución, déficit financiero, dependencia de combustibles importados y crecimiento acelerado de la demanda.
La discusión pública gira en torno a varias preguntas:
¿Ha aumentado la demanda por encima de la capacidad instalada?
¿Existen fallas en la planificación o en la ejecución de proyectos energéticos?
¿Qué papel juegan las distribuidoras y el nivel de pérdidas técnicas y no técnicas?
El Gobierno, por su parte, ha atribuido interrupciones a mantenimientos programados, sobrecargas estacionales y ajustes en la red, mientras sectores empresariales piden soluciones estructurales y mayor transparencia.

Más que oscuridad:

Los apagones no son solo cortes de luz; son interrupciones en la cadena productiva y en la vida diaria. Cuando el suministro eléctrico se vuelve incierto, también se debilita la confianza.
La República Dominicana ha apostado por la modernización y el crecimiento sostenido. En ese camino, la estabilidad energética no es un lujo: es un requisito. La discusión ya no se centra únicamente en quién es responsable, sino en qué soluciones concretas y sostenibles se implementarán para evitar que la oscuridad se convierta en rutina.

Porque en una economía del siglo XXI, cada apagón es más que una falla técnica: es un obstáculo al desarrollo.