Opinión

​Mentes a la deriva: El naufragio de la salud mental ante la indiferencia del Estado


Escuchando artículo…

0:00 / 0:00


Por: Lic. Julio A. Ledesma
Jurista y Analista Social

El tejido social de la República Dominicana se está deshilachando silenciosamente ante los ojos de una administración que parece haber normalizado la tragedia. Detrás de los titulares sobre crecimiento económico y estabilidad macroeconómica se esconde una crisis humanitaria que no figura en las prioridades de la agenda pública: el colapso de la salud mental. Familias enteras asisten, en una dolorosa soledad, al naufragio emocional y psicológico de sus seres queridos, mientras el Estado dominicano permanece como un espectador pasivo, refugiado en una burocracia que condena a los más vulnerables al desamparo absoluto.

​La triple falla: Óptica jurídica, social y estatal

​Para comprender la magnitud de este flagelo, es imperativo analizarlo desde tres dimensiones interconectadas:
​Desde lo jurídico: El abandono de la salud mental constituye una violación flagrante al ordenamiento constitucional. El Artículo 61 de la Constitución Dominicana consagra el derecho a la salud integral como una prerrogativa fundamental. Asimismo, la Ley No. 12-06 sobre Salud Mental establece las garantías para el acceso a tratamientos dignos. Al incumplir estos mandatos, el Estado incurre en una omisión legal severa, dejando a los ciudadanos en un absoluto estado de indefensión jurídica.

​Desde lo social: La falta de una red de apoyo comunitaria y el estigma arraigado transforman el padecimiento psíquico en una condena de aislamiento. Las familias dominicanas, sin herramientas ni recursos, se ven obligadas a asumir roles de cuidadores a tiempo completo, lo que genera un desgaste económico y emocional que fractura el núcleo más importante de la sociedad.

​Desde lo estatal: La respuesta del sistema de salud no es solo insuficiente, es estructuralmente violenta. Los hospitales públicos carecen de unidades de intervención en crisis dignas, escasean los fármacos psiquiátricos esenciales y las consultas especializadas son un lujo inaccesible. La raíz de este mal no es un misterio: es la crónica y deliberada asfixia presupuestaria que sufre el sector salud, donde la salud mental recibe apenas una fracción insignificante del Producto Interno Bruto (PIB).

​El costo humano: Feminicidios, suicidios y el dolor de la familia dominicana

​En los últimos tiempos, este flagelo ha experimentado un auge alarmante. La realidad ha demostrado que la mente humana, cuando es desatendida y despojada de su dignidad, sucumbe a la desesperación. Las consecuencias de esta desprotección médica se miden en vidas perdidas y en traumas colectivos.
​El aumento sostenido en las tasas de suicidios en el país es el síntoma inequívoco de una sociedad que grita por auxilio y solo encuentra silencio. Jóvenes y adultos, atrapados en laberintos de depresión y ansiedad no tratados, ven en la muerte la única salida a un sufrimiento que el sistema de salud decidió ignorar.

​Por otro lado, es imposible desvincular la crisis de salud mental de la epidemia de violencia de género que desangra a la nación. Muchos de los feminicidios que horrorizan a la opinión pública están precedidos por conductas patológicas, trastornos de control de impulsos y cuadros de violencia extrema que nunca recibieron un diagnóstico ni una intervención oportuna. La negligencia estatal, por tanto, se convierte en cómplice involuntaria de la violencia que destruye a la familia dominicana.

​Un llamado urgente a la acción y la reflexión

​No podemos seguir llamándonos una sociedad moderna ni un Estado Social y Democrático de Derecho mientras permitimos que miles de compatriotas deambulen por las calles o sufran en el encierro de sus hogares debido a la desidia gubernamental. La salud mental no es un asunto privado; es una urgencia de seguridad pública y de derechos humanos.

​Hacemos un llamado enérgico y reflexivo a las autoridades correspondientes: el Ministerio de Salud Pública, el Servicio Nacional de Salud (SNS) y el Poder Ejecutivo. Es impostergable reformular el presupuesto nacional para dotar a los hospitales de los recursos técnicos, humanos y farmacológicos necesarios.

​El Estado debe abandonar su rol de testigo indolente. Es hora de lanzar un salvavidas institucional y acudir en auxilio de esa población que hoy naufraga y sucumbe en el mar del abandono, la exclusión y la indiferencia estatal. Mañana, como sociedad, será demasiado tarde para pedir perdón a quienes dejamos ahogar.

Otros Artículos

Botón volver arriba