Pan y circo: terminaron los Juegos, pero la crisis continúa

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RESUMEN
Por: Giovanni Matos Director del El Veedor Digital
Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 concluyeron entre luces, música, discursos, medallas y celebraciones. Durante varias semanas, el país contempló un espectáculo cuidadosamente organizado que proyectó una imagen de eficiencia, modernidad y prosperidad. Nuestros atletas hicieron historia y demostraron, una vez más, que el talento dominicano puede levantarse incluso desde la precariedad. Sin embargo, apagadas las luces y desmontados los escenarios, la nación vuelve a encontrarse frente a una realidad que el brillo deportivo solo pudo ocultar temporalmente.
El circo pasó, pero la crisis económica continúa.
La antigua expresión romana “pan y circo” describía la estrategia utilizada por los gobernantes para entretener al pueblo y apartar su atención de los problemas fundamentales. Se ofrecían alimentos y espectáculos con el propósito de mantener tranquila a una población golpeada por las desigualdades. Siglos después, la frase conserva una actualidad inquietante: cuando falta el pan, se multiplica el circo; cuando crece el descontento, aumenta el espectáculo.
No se trata de restar importancia a los Juegos ni de desconocer el extraordinario desempeño de los atletas dominicanos. Ellos merecen todos los reconocimientos. La República Dominicana obtuvo 150 medallas: 46 de oro, 37 de plata y 67 de bronce. Fue la mayor cantidad de preseas doradas alcanzada por el país en la historia de estos juegos centenarios. Pero una cosa es celebrar justamente a nuestros deportistas y otra muy distinta utilizar sus victorias como cortina para ocultar las dificultades económicas de millones de ciudadanos.
La canasta familiar promedio se acerca a los RD$50,000 mensuales, mientras numerosos trabajadores reciben salarios mínimos que oscilan entre aproximadamente RD$18,000 y RD$30,000. En muchos hogares, un solo ingreso no alcanza para cubrir alimentación, alquiler, electricidad, transporte, medicamentos y educación. El dominicano trabaja para sobrevivir y, cuando termina de pagar lo indispensable, descubre que el salario ya se ha convertido en recuerdo.
Como dice la sabiduría popular: “La alegría en casa del pobre dura poco”. Las ceremonias deportivas ofrecieron una pausa emocional, pero no abarataron el arroz, los plátanos, los huevos, la carne ni los medicamentos. Las medallas llenaron de orgullo al país, pero no llenaron las neveras vacías. Los fuegos artificiales iluminaron el cielo por unos minutos; después, cada familia tuvo que regresar a la oscuridad de sus propias cuentas.
La inversión relacionada con la infraestructura, preparación y organización de los Juegos fue millonaria. Se habló de más de RD$9,000 millones destinados a obras deportivas y de un costo general de organización cercano a los US$185 millones. Frente a semejantes cifras, el país tiene derecho a exigir explicaciones claras, inventarios públicos, auditorías y programas permanentes de mantenimiento. Cada instalación remozada o construida pertenece al pueblo, porque fue levantada con recursos públicos.
El verdadero éxito de unos juegos deportivos no se mide únicamente durante las competencias. Se mide cinco, diez o veinte años después. Se mide cuando las instalaciones continúan abiertas, cuando los niños pueden utilizarlas gratuitamente, cuando existen entrenadores capacitados y cuando surgen nuevos atletas desde los barrios y comunidades. Si mañana esos escenarios terminan abandonados, la inversión habrá sido un espectáculo costoso y no una política de desarrollo.
También resulta contradictorio que muchos de nuestros campeones procedan de hogares empobrecidos. Algunos tuvieron que entrenar sin alimentación adecuada, sin equipos modernos, sin atención médica constante y sin seguridad económica para sus familias. El Estado los presenta como héroes después de triunfar, pero frecuentemente los deja solos durante el largo y doloroso camino hacia la victoria.
El talento deportivo no debería depender del milagro individual. Una nación responsable descubre, forma y protege a sus atletas desde la niñez. Construye instalaciones en todo el territorio, garantiza educación, nutrición, salud y acompañamiento psicológico. No espera que un joven pobre gane una medalla para entonces reconocer que existe.
La fiesta terminó y ahora comienza el examen verdadero. Las autoridades deben informar cuánto se gastó, quiénes recibieron los contratos, cuáles instalaciones fueron intervenidas, cuánto costó cada obra y quién asumirá su conservación. También deben explicar cómo esos escenarios serán integrados a las escuelas, clubes, federaciones y comunidades.
No puede permitirse que, después del espectáculo, las puertas permanezcan cerradas para los hijos del pueblo. Sería una ironía cruel que quienes pagaron las obras mediante sus impuestos no pudieran entrar a ellas.
Los Juegos demostraron que República Dominicana posee atletas extraordinarios y capacidad para organizar eventos internacionales. Ahora falta demostrar que también posee voluntad para enfrentar el costo de la vida, mejorar los salarios y convertir la inversión deportiva en una política nacional permanente.
Porque las medallas son motivo de orgullo, pero no sustituyen el alimento; los discursos no pagan el alquiler y los aplausos no curan las enfermedades. El deporte puede ser una herramienta de transformación social, pero también puede convertirse en una distracción cuando el poder lo utiliza para fabricar una felicidad momentánea.
Ya el circo pasó. Las luces se apagaron, la música terminó y las autoridades abandonaron las tribunas. Pero el pueblo continúa frente a la misma mesa, contando los mismos billetes insuficientes y preguntándose qué comerá mañana.
El espectáculo ha concluido. La crisis, en cambio, sigue jugando.








