Ucrania es el mayor laboratorio tecnológico de guerra del mundo.

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RESUMEN
Por: Giovanni Matos Director del El Veedor Digital
La guerra de Ucrania no solo se libra en trincheras, ciudades bombardeadas y cielos saturados de drones. También se combate dentro de servidores, centros de datos y sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar, en pocos segundos, una cantidad de información que antes requería cientos de analistas. En ese nuevo escenario, Palantir Technologies se ha convertido en una pieza importante de la defensa ucraniana. Sin embargo, detrás del discurso sobre innovación, soberanía y seguridad aparece una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando el poder de interpretar el campo de batalla queda en manos de una corporación privada?
Palantir no fabrica necesariamente el misil ni conduce el dron que ataca un objetivo. Su poder es menos visible y quizás más profundo: integra datos procedentes de satélites, radares, drones, fuentes de inteligencia y movimientos militares para convertirlos en decisiones operativas. En mayo de 2026, el Gobierno ucraniano anunció una ampliación de su cooperación con la compañía estadounidense, incluida la iniciativa Brave1 Dataroom, destinada a emplear datos de combate en el desarrollo de herramientas para detectar e interceptar drones rusos. El ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, lo resumió claramente: la tecnología, los datos y “las matemáticas de la guerra” influyen directamente en el resultado del campo de batalla.
No puede ignorarse el contexto moral. Ucrania tiene derecho a defender su soberanía frente a la invasión rusa iniciada a gran escala en febrero de 2022. La tecnología puede ayudar a anticipar ataques, proteger infraestructuras, interceptar drones y reducir la exposición de soldados y civiles. El problema comienza cuando esa necesidad legítima se transforma en una oportunidad ilimitada para que empresas privadas experimenten, acumulen información y consoliden posiciones dominantes. Ucrania defiende su territorio, pero también se ha convertido, involuntariamente, en el mayor laboratorio tecnológico de guerra del mundo.
La producción de drones muestra la magnitud de esta transformación. Las autoridades ucranianas informaron que el país produjo alrededor de 4.5 millones de unidades durante 2025. Distintas estimaciones indican que su capacidad industrial puede superar los cinco millones de drones FPV al año. No obstante, capacidad de producción, fabricación efectiva y entrega al frente no significan lo mismo. Por esa razón, afirmar simplemente que Ucrania “fabrica más de cinco millones” puede resultar impreciso si no se especifican el año, el tipo de aeronave y la fuente. La propaganda bélica también se fabrica en serie, y las cifras forman parte de la batalla psicológica.
Los drones FPV, los aparatos navales Magura, los vehículos aéreos de largo alcance Liutyi y los octocópteros conocidos genéricamente como Baba Yaga cumplen funciones distintas. Algunos constituyen categorías completas y otros son modelos concretos. El Bayraktar TB2 adquirió enorme valor simbólico durante la primera etapa de la guerra, pero su protagonismo relativo cambió cuando Rusia fortaleció sus defensas antiaéreas. Presentarlos como si todos mantuvieran el mismo peso operacional simplifica una realidad dinámica, cambiante y sometida, además, al secreto militar.
En esta guerra, los drones ya no son simples instrumentos auxiliares. Reconocen el terreno, corrigen el fuego de artillería, vigilan movimientos, transportan explosivos, atacan vehículos, interceptan otros drones y penetran profundamente en el territorio enemigo. También existen embarcaciones no tripuladas capaces de amenazar buques y bases navales. La guerra, que durante siglos dependió de grandes ejércitos y armas costosas, se transforma mediante aparatos relativamente baratos que pueden destruir equipos valorados en millones de dólares.
Mientras los drones caen, las acciones suben. Palantir informó que durante el segundo trimestre de 2026 sus ingresos totales crecieron un 93 % interanual, hasta alcanzar los 1,935 millones de dólares. Sus ingresos comerciales en Estados Unidos aumentaron un 149 %, mientras los procedentes del Gobierno estadounidense crecieron un 90 %. Estos resultados muestran que la empresa no solo avanza en el terreno tecnológico, sino que consolida una posición privilegiada dentro de la nueva economía mundial de la defensa.
Palantir informó también una utilidad neta, conforme a las normas contables GAAP, de 1,062 millones de dólares, equivalente a un margen del 55 % y a un crecimiento interanual del 225 %. Esta cantidad corresponde al beneficio neto de la compañía, mientras sus ingresos totales durante el trimestre alcanzaron los 1,935 millones de dólares. Las cifras aparecen en el informe presentado ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos.
Estos resultados no prueban por sí solos que Palantir obtenga toda su prosperidad de la guerra de Ucrania. La empresa también posee numerosos contratos comerciales y gubernamentales. Pero revelan una tendencia difícil de negar: la inteligencia artificial, la vigilancia, la defensa y el capital de riesgo están construyendo un nuevo complejo militar-industrial. Según informaciones de Forbes y datos atribuidos a PitchBook, desde 2022 han llegado unos 32,000 millones de dólares de capital de riesgo a compañías tecnológicas de defensa. Solamente durante el primer semestre de 2026, la inversión habría alcanzado los 12,800 millones.
El antiguo complejo militar-industrial fabricaba tanques, aviones, barcos, fusiles y misiles. El nuevo produce algoritmos, sensores, redes autónomas, programas de reconocimiento y plataformas capaces de fusionar millones de datos. Ya no basta con poseer el arma: también es necesario controlar la información que le indica dónde, cuándo y contra quién debe utilizarse. La soberanía militar empieza a depender de códigos informáticos creados por empresas privadas cuyos intereses no siempre coinciden con los de las naciones que contratan sus servicios.
El peligro no reside únicamente en que una máquina pueda participar en la selección de un objetivo. También preocupa la opacidad del proceso. ¿Qué información utiliza el algoritmo? ¿Quién verifica sus errores? ¿Quién responde cuando confunde una instalación civil con una posición militar? ¿Puede un comandante cuestionar una recomendación producida por un sistema cuya lógica desconoce? La velocidad tecnológica reduce el tiempo disponible para la deliberación humana y puede convertir una posibilidad estadística en una sentencia de muerte.
Cuando la decisión se equivoca, la empresa puede culpar al dato, el ejército al programa y el programador a las instrucciones recibidas. La responsabilidad termina dispersándose hasta desaparecer. De esa manera surge una de las paradojas más peligrosas de la guerra automatizada: cuanto más precisos parecen los sistemas, más difícil resulta identificar al responsable moral de sus equivocaciones.
Michel Foucault advertía que el poder moderno no siempre se presenta mediante un rostro visible: circula a través de instituciones, procedimientos y conocimientos. Hoy también circula mediante códigos y modelos predictivos. El algoritmo no ocupa el palacio presidencial ni viste uniforme, pero clasifica personas, organiza territorios y recomienda acciones. La versión contemporánea de la microfísica del poder puede encontrarse en una pantalla que convierte vidas humanas en puntos, probabilidades y coordenadas.
La tecnología puede constituir un instrumento legítimo de defensa, pero no debe convertirse en autoridad moral. Una nación conserva su soberanía cuando controla sus armas, sus datos y sus decisiones; la debilita cuando entrega esas tres cosas a sistemas que no comprende plenamente o a compañías que no responden ante sus ciudadanos. La pregunta decisiva no es solamente si Palantir ayuda a Ucrania. Todo indica que sí. La cuestión verdaderamente política es qué poder acumulará durante el conflicto y qué hará con ese poder después de la guerra.
Porque las guerras terminan algún día, pero las tecnologías de vigilancia, las bases de datos y los intereses económicos que nacen dentro de ellas suelen sobrevivir. Ucrania combate por preservar su existencia nacional, mientras las corporaciones prueban sistemas que podrían definir las guerras del futuro. Y cuando el campo de batalla quede vacío, el algoritmo buscará nuevos territorios donde ejercer su poder.






