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La sociedad dominicana está saturada de pleitos entre empleadores y trabajadores. Algunos solo se enteran de las grandes causas de esos enfrentamientos, porque salen en los medios de comunicación de masas. Tales como la lucha por el aumento salarial, muy especialmente del salario mínimo del sector privado o del público. O cuando se libra la batalla por un pacto colectivo en un emporio industrial o comercial. Y no puede ser de otra manera, porque estas cuestiones salen del estrecho ámbito del centro de trabajo y pasan a ocupar la atención general. Tienen una gran importancia política. Afectan al gobierno y a los intereses del gran capital, de los empresarios que manejan la economía nacional.

El 8 de febrero de este año el presidente Danilo Medina depositó en el Senado el Proyecto de Ley Contra el Lavado de Activos y el Financiamiento del Terrorismo, que busca sustituir la Ley Contra el Lavado de Activos Provenientes del Trafico Ilícito de Drogas (Ley 72-02), que busca, como dice el mensaje enviado al Presidente del Senado, “actualizar la legislación dominicana conforme a los nuevos estándares internacionales sobre la materia”.

Desde que empezaron las “movilizaciones verdes” vengo escuchando personas del bocinaje peledeista y del gobierno de Danilo Medina decir que esas corrientes responden a sectores de partidos políticos incluyendo al PRM, que es la segunda fuerza política del país. Desde mi punto de vista ese es un grave error, lo digo por dos razones; la primera es que con esas acusaciones lo único que están provocando es activar y despertar las fuerzas opositoras al partido morado que después de la destrucción del PRD han estado desintegradas sin capacidad de aglutinarse para hacer estremecer la República Dominicana como pasó con las dos marchas, la del 22 de enero en la Capital y la del 26 de marzo en Santiago de los Caballeros.

A finales del siglo XIX y principios del XX, los eminentes sociólogos europeos Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Robert Michels, desarrollaron sus famosas teorías sobre la circulación de las élites, las cuales en lo referente a nuestros partidos conservan una sorprendente actualidad.

La muerte de Rafael Molina Morillo cierra un ciclo de la vida dominicana. El legendario Director de El Día era el último patriarca del periodismo nacional, por lo que con su deceso termina la larga legión de cronistas que narraron nuestra cotidianidad por más de medio siglo y que estuvo compuesta por Rafael Herrera Cabral, Francisco Comarazamy, Germán Emilio Ornes, Mario Alvarez Dugan y Radhamés Gómez Pepín.

La impotencia, la incertidumbre y la desesperación nos abruman. La corrupción, la impunidad y los delitos violentos, sobre todo los atracos motorizados, tienen en shock a la población dominicana.

Esto último puede implicar hacer justicia con las propias manos, pero sus consecuencias son tan terribles como su objetivo.

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