Ramón Alburquerque: La exclusión de Estado y una estocada fatal del destino

Por: Julio Ledesma, Jurista y Analista Social
La historia política de la República Dominicana suele ser ingrata con sus mentes más lúcidas, pero el caso del ingeniero Ramón Alburquerque trasciende la mera ingratitud para convertirse en una tragedia griega de proporciones nacionales. Su partida no es solo un duelo biográfico; es el cierre violento de un capítulo que pudo ser luminoso y que, por designios de la mezquindad y el azar, terminó en la penumbra de la exclusión.
Una trayectoria de luces ante un muro de sombras
Hablar de Ramón Alburquerque es evocar la excelencia académica y la solidez técnica. No era un político de consignas vacías; era un hombre de datos, de ciencia y de una visión estratégica que pocos en su generación y mucho menos en la actual podían siquiera emular. Su paso por la administración pública y el Poder Legislativo dejó huellas de una capacidad intelectual volcánica, capaz de desmenuzar desde el contrato minero más complejo hasta la reforma energética más ambiciosa.
Alburquerque poseía esa extraña mezcla de rigor técnico y pasión democrática. Sin embargo, su mayor pecado fue, quizás, ser demasiado brillante para un sistema que prefiere la obediencia sobre el criterio.
La exclusión como política de Estado
Lo que resulta verdaderamente desgarrador es analizar cómo el gobierno emanado de su propio partido, el PRM, decidió levantar un muro infranqueable ante él. Ramón tocó la puerta una y otra vez, no por un cargo burocrático, sino por el deseo ferviente de servir, de implementar los cambios estructurales que tanto predicó en las plazas y en los medios.
Pero la respuesta fue el silencio. La exclusión se convirtió en una forma de «Estado» dentro de su propia organización. Se le mantuvo a una distancia prudente, como quien teme que la luz de una vela exponga las sombras de una gestión vacilante. Esta marginación no fue accidental; fue una decisión política que, a la postre, se convertiría en el caldo de cultivo para la tragedia.
»Pareciera que existió un pacto tácito y cruel entre la cúpula partidaria y la fatalidad: mientras el partido lo mantenía en el ostracismo, el destino preparaba su estocada final.»
La ironía del destino y el peso de la soledad
Es aquí donde la ironía se torna cruel. Un hombre que dedicó su vida a construir puentes hacia el progreso terminó caminando por el sendero estrecho de la soledad del poder… pero desde afuera. El estrés de la lucha constante, la depresión de ver cómo se desvanecían las oportunidades para transformar el país y la amargura de la ingratitud política fueron los aliados silenciosos de la muerte.
El destino, en una jugada maestra de cinismo, decidió cobrarle la vida justo cuando el país más necesitaba de su guía. El PRM, al ignorar su valía, se congració inadvertidamente con la fatalidad. Al cerrarle las puertas del palacio, le abrieron, sin saberlo, las puertas al descanso eterno, empujado por el peso anímico de una entrega que no encontró eco en sus compañeros de filas.
Reflexión final: Una nación en la orfandad
Dice el adagio popular que «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y nunca estas palabras han tenido tanto peso como hoy. Con la partida de Ramón Alburquerque, la República Dominicana no solo pierde a un ingeniero de fuste y a un político de raza; pierde una brújula.
El país queda hoy sumido en una oscuridad intelectual relativa. Se ha ido una mente clave, una lámpara que pudo haber iluminado cualquier gestión presidencial para realizar las transformaciones que la sociedad demanda a gritos. Su ausencia nos deja huérfanos de criterio y nos recuerda que, cuando un Estado excluye a sus mejores hombres por mezquindades grupales, el precio no lo paga el político marginado, sino el pueblo que se queda sin su luz.
Descansa en paz, ingeniero. Tu país te llora, aunque quienes debieron escucharte hoy solo guarden un silencio tardío.






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